Crónicas

Una cara con orejas en forma de asas para levantarla

Salvador Garmendia

¿Habrán sido justos alguna vez los pintores cuando hicieron sus autorretratos? Seguramente no, si tuvieron necesidad de colocarse frente a un espejo. Porque nada puede aventajar en ordinariez y trivialidad, al duplicado que vemos aparecer una y otra vez en el espejo; copia invertida, tramposa y retorcida, precisamente a causa de su excesivo apego a la exactitud y la medida. Un trabajo que proceda de esa reproducción mimética, nada tendrá que ver con el retrato equívoco, sarcástico y voluble que simultáneamente se transparenta en mis ideas, cada vez que me detengo ante un espejo. De aquí procede la costumbre de hacerle morisquetas a ese amigo frío de las mañanas, que nos saluda con el reflejo de un semblante pálido y desaliñado. Es la misma actitud del niño que imita los visajes de un mono en el zoológico. En cambio, si me fuera posible reproducir en palabras lo que soy durante los sueños, estaría de seguro más cerca de obtener la perfección; aunque, quizás, nadie pueda identificar después al personaje. En el ensueño, soy poseedor de una presencia que lo comprende todo, aunque no posee identidad material comprobable. Es una conciencia en movimiento, liberada de tiempo y espacio. Se levanta por encima de una realidad que igualmente carece de espesor y como el don de la palabra no pertenece sino tangencialmente al mundo de los sueños, el objeto que en él se hace visible puede ser ese y otros mil en un instante. Sé que allí no tengo 67 años, no existen arrugas en mi piel ni en mi cara apunta la barba y si pudiera verme las manos, estas serían tersas y suaves. No me he preocupado por averiguar si hay líneas en las palmas, ya que el destino no juega por ahí sus cartas. En este reino de lo hermético y sin salida, soy un adolescente inmune a los estragos de la edad. Poseo infinitos tesoros, aquí reservados, que nunca conseguiré explorar del todo; hasta que en medio de la confusión, el terror y la asfixia se desatan como una ráfaga que lo envuelve todo, pero será nada más para sacudir y volver repentinamente a la vida a un cuerpo desvalido que despierta temblando en su cama. Mi verdadero autorretrato ha quedado encerrado, ileso, en un arca sellada donde innumerables fragmentos dormitan durante la vigilia, sin que uno solo de ellos haya podido escapar a la luz.

images-11
Por el lado de la memoria, puedo ver a un niño de siete años que usa alpargatas y pantalón corto, con uno o más remiendos de otra tela. Lleva la cabeza rapada al cero, para disminuir las visitas a la barbería. Por eso, el barbero lo mira con inquina por encima del hombro, cuando el renacuajo pasa en carrera por la puerta. Se le reconoce porque casi siempre se olvida de cerrar la boca después que ha dicho la última palabra. Nunca fue valiente, audaz o temerario en las batallas de la esquina. Prefirió escurrirse antes que enfrentarse a los hechos, de cuya legitimidad alentaba calladas sospechas aún en esa edad; porque creía que alguien estaba manejándolo todo desde afuera, sólo para irritarnos. Era necesario voltear la cara, taparse los oídos. Nada era verdad. Los días eran un enredo diabólico que no dejaba por dónde escapar. Encima, todos los de su especie eran mayores que él, especialmente aquéllos que tenían su misma edad. Podía buscar refugio en cuartos apartados, escondrijos de tablas y cartones, chozas construidas en los árboles, pero sabía que el gigante ciego y malhumorado que parecía acudir de todas partes sin perdonar obstáculo, de nuevo no tardaría en llegar a él.

Sentado en cuclillas en alguno de esos rincones, su parte de abajo repentinamente resplandecía a sus ojos como cuchillo sacado de la vaina, a tiempo que un jadeo impaciente se hacía escuchar detrás.

La adolescencia lo encontró sin haber probado sangre de los demás en sus nudillos. Las prostitutas lo hacían retroceder. En ellas parecía estar arropada la imagen de su propia madre, que se veía obligada a desempeñar para él ese papel desdichado e incómodo; una segunda lactancia descabellada, vergonzante. Las primeras humedades ajenas que tocaron sus dedos, fueron la entrada a un paraíso poblado de demonios voraces, pero también de ángeles familiares que a un mismo tiempo le pedían prudencia y desacato.

nota_1411
Luego, el adolescente se hace grande y los viejos temores quedaron guardados en montones de papel, donde después hicieron de las suyas la humedad y el polvo. La caligrafía dejada en esas hojas es enmarañada y caprichosa y ya casi no es posible descifrar una línea.

Hoy, puedo decir que la edad adulta se desenvuelve a modo de un interrogatorio sin tregua. Antes de haber alcanzado la paz del anciano, es necesario contestar a una infinidad de preguntas sobre una agobiante diversidad de temas, que van, desde ¡me amas?, hasta qué hace usted ahí!

Al escritor se le interroga con mayor frecuencia sobre asuntos como ¡usted, qué es? ¿Cuentista, poeta, novelista o todo a la vez? ¿Qué hace?.. ­Dígalo sin equivocarse!

images-81
Bueno: me parece que he escrito algunas narraciones largas que se denominaron novelas; pero, sí pretendo ser fiel conmigo mismo, debo admitir que no lo son en realidad. Ellas fueron escritas a un costado de la ficción, crecieron demasiado apegadas a la teoría, serviles a los dogmas del compromiso y los mandatos de una amañada responsabilidad social, por lo que nunca llegué a aceptar completamente el desafío de la página en blanco; el golpe de dados de la invención novelesca.

Esos libros, en verdad, ocupan un lugar en lo que se llama, “nuestra literatura” y no tengo la menor intención de quitarlas de ahí, ya que ningún mal hacen descansando en ese jardín, digo yo. Novelas o no, yo las amo de todas maneras, pero hace tiempo que he roto con ellas.

Las décadas del 60, 70 y 70 hirvieron de teorías que se autodevoraron o se devoraron entre sí o se desintegraron y volvieron oscuramente a la nada, después de haber agrandado a su alrededor, un poco más, el desconcierto que habían encontrado al llegar. Así fue como algunos de nosotros, poetas y narradores, aprendimos los catecismos antes de conocer a Dios.

images-441
Pienso que mis cuentos son otra cosa. Lo fueron desde el principio (el primer texto literario que publiqué, fue un cuento) y eso me hace feliz. El señor Duro, una de mis primeras narraciones breves, me parece que hubiera sido escrita esta mañana, mientras mis novelas se ponen amarillas como parientes viejos. ¿Por qué? Porque el cuento es tenido como una disciplina menor. No genera teoría. Cada quien escribe el cuento que quiere y como quiere sin que nadie se meta. La escritura del cuento posee la limpidez cerrada del acto poético. La creación sin fisuras, cuyos empalmes se producen por un impulso espontáneo del propio material. La palabra que brota en el cuento, es un germen predispuesto para la madurez, en cuyo centro crece y se independiza el calor del poema.

Pero no hay que enloquecer de placer. Con la poesía hay que ser austeros y hasta malencarados. !Cuidado con esa miel aguada de la mala poesía, que tan fácilmente confunde a las personas!

¿E poi?

Comparto la exclamación final del credo de Yago en el Otelo de Verdi. “La morte é il Nulla”, sólo que no dispongo del despliegue ensordecedor de cuerdas, metales y tambores, que me permita lanzar a los cuatro vientos mi punto de vista. Por fuerza, debo pronunciar mi sacrilegio a media voz, discretamente, lo que lo hace pasar desapercibido ante los demás. Más me valdría comerme la frase en silencio… y esperar.

El Nacional, 16 Marzo 1997

pequenogarmendia

Ya yo pagué

Salvador Garmendia

Todo el folklore es elitesco y el cuatro, su emblema nacional, es el más elitesco de los instrumentos. Es cierto que muchos centenares de venezolanos pueden acompañarse un valsecito en esas cuatro cuerdas; pero hay un solo Freddy Reyna y es el único que se atrevería a tocar a Bach en esa clave. No es exageración. Sé que él puede hacerlo si lo quiere y a lo mejor ya lo hizo o se lo dejó a alguno de sus hijos, porque los Reyna están hecho de música.


Pero antes hubo otro, aunque éste vino del lado de la picaresca. Antes, tuvimos a Jacinto Pérez el Rey del Cuatro, un personaje quevedesco hasta en su misma estampa; larguirucho y huesudo, a quien sólo le faltaban la capa agujereada y el chambergo mohoso para dibujarse en un rincón de Sevilla, a la luz de un farol. Era un histrión, que nos envolvía con su labia en plena calle sin darnos tiempo para respirar y cuando se iba, ya sabíamos que nuestros bolsillos pesaban menos; pero habíamos presenciado una demostración irreprochable de ingenio y picardía. Era como si hubiéramos pagado una entrada.
Vivió gran parte de su vida en La Charneca, al lado de una negra suya (¿por qué no?: él le decía “mi negra”), de cuya existencia verdadera nadie que yo sepa tuvo conocimiento pleno. El acostumbraba anunciar la muerte repentina de su compañera con cierta regularidad, sobre todo entre la gente de la radio, donde no había quien no lo conociera; todo, con el propósito de pasar el sombrero y recoger para el entierro. No sé si ella estaba enterada de estos manejos, pero en los hechos, se comportaba como una suerte de Ifigenia doméstica, que una y otra vez ofrecía su cuello para detener el naufragio de la economía familiar. También, de algo había que vivir, cuando no había donde “matar un tigre”.
Pero el cuatro en manos de Jacinto era una explosión de sonidos, que chisporroteaban en el aire como las pelotas de colores del malabarista. Sólo con las potencias del oído, Jacinto había reconstruido la afinación del cuatro. Levantó una octava la cuerda de abajo y de esta manera hizo posible la ejecución punteada como en la vihuela o la guitarra; después le fue fácil pasar de un anónimo y arisco Pajarillo llanero al austríaco y almidonado Danubio Azul, sin aguársele el ojo. Él fue el primero al que se le ocurrió poner en práctica esa otra vuelta de clavija, que le puso voz de tenor al instrumento. El invento era suyo, o por lo menos él estaba seguro de que lo era y por eso guardaba el secreto como la fórmula suprema del alquimista. Al fin y al cabo, de ese oro vivía. Era su truco personal, su baraja marcada. “¿Clásico, semiclásico, popular?”, preguntaba Jacinto a su auditorio con un tonito jactancioso, mirando de lado y alargando una ceja, y sabía que no iba a quedar mal como solista, porque en su repertorio figuraban por igual Estrellita de Ponce y La Ruperta, Fúlgida Luna y La Cumparsita, y hasta alguna vez se atrevió con lo que solía llamarse el Claro de Luna, de Beethoven.


Las anécdotas de la picaresca jacinteana podrían llenar un libro. En una ocasión se encontraba en un pasillo de la Radio Nacional, punteando distraídamente su cuatro, cuando acertó a pasar por allí el maestro Emil Friedman. Y como el oído del músico es un ojo que nunca se cierra, el maestro percibió algo en el aire y se detuvo. Cortésmente, le rogó que le permitiera revisar el instrumento. -“Es un prodigio -murmuró, mientras registraba las cuerdas. Con esta afinación usted ha convertido su cuatro en instrumento clásico”. Jacinto, consternado, se lamentaba después con nosotros: “!Me descubrió el musiú, coleguitas! Ahora, ¿qué hago? !Si lo riega por ahí me muero de hambre!”.
Que no haya más que un Freddy Reina y un solo Jacinto Pérez, es prueba de la condición aristocrática del cuatro y del folklore en general. Al fin y al cabo el folklore es una ciencia, y ésa es otra razón por la que procuro mantenerme respetuosamente alejado de él. Soy de los que escuchan sonar un tambor barloventeño y no sé si se trata de una curbeta, una mina o un culo e’ puya. Y así por el estilo. En mi ignorancia sin medida, todo me suena igual. Toques y estilos de tambor son para mí las fórmulas de un ritual hermético e indescifrable, que sólo está al alcance de los iniciados. Por eso, prefiero caminar hacia atrás, mientras hago una reverencia con el sombrero en la mano, como si dijera: Con todo respeto, lejos contigo.
Tampoco sé distinguir entre un yaguaso y una marisela, dos de los pasos o figuras del joropo, que son siete y otros dicen que son diecisiete. Eso sí, estoy convencido de que ninguna de las partes de la suite llanera tiene el más remoto parentesco musical con Alma Llanera, de Pedro Elías Gutiérrez. Pero ésta ya no es folkore. La ciencia dio un paso atrás y dejó su lugar al patriotismo, y como todos somos patriotas…
Eso sí, no me cuento entre aquellos a quienes se les erizaba la piel con nuestro segundo Gloria al Bravo Pueblo. Lo soportaba con paciencia, de la misma manera que lo sigo haciendo con la bandera y el escudo: porque no tenemos otros y no se puede estar remendando los símbolos cada vez que nos hastiemos de ellos. Además, les hubiera pasado lo mismo que al joropo de Pedro Elías, que cada vez que lo “arreglan” empeora, y si no, acuérdense de los despropósitos de Xavier Cugat en Escuela de Sirenas.
En todo caso, Alma Llanera es en sí mismo un arreglo. Un joropo al que se le cambió la sangre por agua de arroz. Joropo de botines de charol, chaleco y leontina de oro, zapateado con las manos atrás en un baile de 5 de Julio en la Casa Amarilla.


Debo haber pasado una buena parte de mi vida, en tiempo real, escuchando joropos y otras especies populares. Era como una obligación. La buena acción del día. Y hoy, aún continúo preguntándome ¿qué quedó de todo aquéllo? Para que no se pierda todo, propongo desde ahora la creación de un Museo del Imaginario Nacional, donde figuren en primer lugar piezas de indudable originalidad y audacia como El Ruiseñor, de Lorenzo Herrera, desplegando su “elegante plumaje real”, el pobre y yo diría inconsolable colibrí “en una jaula cantando”, de Juan Vicente Torrealba, o el sorprendente Guanaguanare, ¿anónimo?, que puede volar picoteando, nada menos que sobre las olas de la mar serena, hasta terminar en ” la tarde gris y el cielo azul”, juntos por primera vez en una letra me parece que de Chelique Sarabia, y en lugar privilegiado el “terné” de Simón Díaz como el primer hervíboro incompleto que es alimentado por pericos y gavilanes, mediante una dieta de frutas criollas, supongo que a base de mamones, pomarrosas, cotoperíes, caimitos y lefarias. Se abrirá una sección especial, debidamente protegida, para las letras completas de Reynaldo Armas.
Cuando pienso en todo lo que ha ocurrido en el mundo con la música de nuestro siglo, siento con horror que no crecí ni me moví del patio de mi escuela, y sigo siendo el mismo muchachito de primaria, escuchando los mismos joropitos simplones que recibimos del país rural, sin que hasta el presente hayamos podido agregar nada o casi nada a esas tonadas rústicas y descoloridas. Asustado, me pregunto si es que estamos obligados a repetirnos en infinitas copias de un mismo arquetipo nacional, estéril e inmodificable. Y por último, proclamo que no reniego de lo popular, pero prefiero dejarlo a los que llegan, a los nuevos, a los que están en el deber de llenar una cuota.
No quiero decir con esto que pretendo vivir en un país de mentiras, donde las amas de casas friegan los corotos mientras escuchan lieders de Schubert o que mi vecino haga su cuadrito de la semana mientras rueda en el equipo de sonido una oratoria de Handel o las Gymnopédies de Erik Satie. !No, por Dios! No todo el mundo tiene que volverse chocho y aburrido. Déjennos a nosotros los raros, los maniáticos, los que van contra la corriente; déjennos masticar nuestras yerbas secretas y que los demás disfruten de los placeres sencillos, que halagan los sentidos y despiertan la alegre convivencia. Yo me curo en salud, diciendo con toda convicción: Tengo 60 años comiendo arepas… Ya yo pagué!

El Nacional, 22 Marzo 1997.

pequenogarmendia1

Miremos por la ventana

Salvador Garmendia

A la mañana siguiente, después de la noche de bodas, cuando el ocurrente y diminuto cochero del pueblo de Insfree, haciendo uso del privilegio que le adjudicaba su condición de casamentero, abrió la puerta de la alcoba nupcial y contempló los pedazos del enorme lecho de casados, regados en el suelo como si hubieran soportado un huracán, exclamó, poniendo los ojos en blanco: !Homérico, apoteósico!… Pero no era lo que el pequeño había imaginado: aquellos despojos no eran el resultado de la esplendorosa y envidiable batalla de los cuerpos en la noche de bodas, sino de una pelea de novios; un ataque irrefrenable de furia irlandesa, que había estallado en la mitad del cuarto.
Porque estamos en la verde Irlanda y en la sala de cine donde nos cobijamos, la pantalla se ha abierto en dos y nos permite entrar a un mundo que parece transcurrir a un lado de la historia. Es un pueblo que empieza a darse a conocer entre la humedad y la neblina, mostrando sin resabios el carácter extrovertido de sus moradores; la explosiva manera de ser del irlandés, irreductible como la espesa yedra que cubre las paredes y las piedras de los caminos.
Ya habrán reconocido Uds. la película de que estamos hablando. Saben que se trata de El hombre quieto, de John Ford. Y esa pelirroja desafiante, cándida en apariencia, pero con ojos que se llenan de ofrecimientos atrevidos, es Maureen O’Hara; mientras el caballero un poco tímido y con aire de forastero, que ahora se acerca pausadamente a la taberna es el musculoso John Wayne, paladín de numerosas epopeyas vaqueras, que en este momento se dispone a llevar adelante uno de los papeles menos convencionales de su larga carrera.

4311
Los espectadores, muchos de los cuales ya estamos informados de lo que va a suceder, sólo aguardamos el momento de oro en que un primer directo a la mandíbula del malencarado Víctor Mac. Laren desencadene la pelea a puñetazos más prolongada, arbitraria y regocijante de la historia del cine. Los contendores deben recorrer unas cuantas millas de caminos rurales intercambiando golpes demoledores, mientras la multitud se aglomera detrás. Todos corren, gritan hasta desgañitarse, ríen a carcajadas, aplauden y piden más acción, mientras las apuestas se multiplican. Y es que estamos en Irlanda, donde nada de lo que ocurre puede suceder en alguna otra parte. Hay una manera de ser irlandesa, una manera nacional de sentir y de expresar los sentimientos, una conducta, una forma ruidosa de comunicarse, una costumbre de mirar alrededor y convencerse de que la razón de vivir está allí y no en otra parte. Así se manifiesta y se define en cualquier parte y en cualquier punto de la historia el temperamento irlandés.
Y éste es el momento en que se me ocurre preguntar, ¿sucede lo mismo con nosotros, los venezolanos? Iba a decir, “salvando las distancias”, pero me arrepentí en seguida. Los pueblos son siempre los pueblos, con sus debilidades y sus pequeñeces y sólo cuando se enfrentan a las grandes pruebas, dan muestras de sus diferencias. Nuestra nación tuvo su prueba histórica: la Guerra de Independencia venezolana; la más devastadora y terrible de todo el continente.
Pero, sigue en pie nuestra pregunta del comienzo y vale la pena pensarlo antes de responder. Si existen o no para nosotros las llamadas virtudes nacionales, es algo que deberían averiguar los sociólogos, si es que ellos tienen tiempo para eso; pero lo que parece cosa establecida, es que los venezolanos hacemos todo lo posible por ocultar lo que podría ser nuestra manera de ser, como si nos avergonzáramos de ella.
No se trata de acumular méritos para la santidad. Al empíreo cristiano no hemos llegado todavía, ya que tanto José Gregorio como la Madre María siguen en cola, a las puertas de esa especie de palco presidencial, donde sólo los elegidos del Señor tienen cabida. Lo que digo es que deberíamos ser lo que somos, armarnos con lo que tenemos y presentar batalla con lo que creemos que podemos, si esperamos que el mundo nos vea como personas y no como la cola de algo; la rama de monte amarrada al rabo del papagayo para que éste vuele más alto.
Para mí es un motivo de confortante orgullo ver a un venezolano que se comporta como su temperamento se lo indica, así parezca maleducado, irreflexivo, impaciente o temerario. Carecemos de buenos modales, claro que sí. Con frecuencia hablamos mal; pero el riesgo que confrontamos al querer reparar esas fallas, puede ser todavía más negativo que el error, porque puede significar perderlo todo. ¿Cómo podemos enseñar a un campesino que aguaitar no se dice? El lo dice; lo que significa que sí se dice y estoy seguro de que no hay en el idioma otro vocablo que exprese cabalmente lo que el hombre del campo designa con verbo tan antiguo; una raicilla del viejo Castellano que todavía moja los dedos.
“¿Usted cree que va a llover?”, le preguntamos. “!Aguaite!”. Con esa respuesta, el hombre del campo está diciendo mucho más que “mire”, “vea”. Está diciendo mire las nubes; pero también sienta la brisa, huela el humor de la tierra, oiga volar los pájaros. El sabe que la lluvia está organizando su salida. La naturaleza nueve las piezas para empezar el juego. El verbo “aguaitar” se expresa con los cinco sentidos.
Me acuerdo ahora del Coronel Vawell. Richard Vawell, un inglés o más bien irlandés (tal vez, durante su vida se vio obligado a ocultar su nombre en sus escritos, crónicas y novelas de indudable valor documental, precisamente porque él era irlandés y rebelde), el cual en sus memorias narra vívidos episodios de la Guerra de Independencia venezolana, en la que participó activamente. Su retrato del General Páez, en “Las sabanas de Barinas”, sorprende por su franqueza y autenticidad. El héroe es un soldado más. Monta en pelo, llevaba sombrero de cogollo, camisa de mochila, pantalón poncho de liencillo. La espuela amarrada al tobillo, el pie descalzo, el estribo encajado en la ranura del pulgar. Cuando dos destacamentos enemigos se sitúan frente a frente en los extremos de un paño de sabana y permanecen en posición de alerta, pero sin que ninguna de las partes se decide a iniciar el ataque, Páez saca su caballo al trote y se detiene en la mitad del campo. Va montado a la mujeriega, con el propósito de hacer escarnio de los españoles, en su propia cara. La guerra en ese momento parece una pelea de esquina: Páez reta a su contrincante con palabras hirientes y ofensivas. Vengo a pelearte como una mujer y todavía me tienes miedo! Los insultos van subiendo de tono. No sale un murmullo del lado español. No comprenden. Ellos pelearon contra Napoleón. Aquella no es su guerra. Los llaneros en cambio azuzan a su jefe, lanzan desafíos, amenazas, rechiflas y gritos de batalla…
Me pregunto si algo como eso tendría significado hoy en día. Tal vez, recordando aquellos momentos, hasta el mismo General Páez sonreiría con benevolencia, al final de su vida, cuando recibió honores de héroes en Nueva York. Pero en aquel otro momento hizo lo que le correspondía hacer y se comportó con la temeraria rudeza que la Historia reclamaba a sus hombres. Exhibió su coraje a pleno sol, con desplante, con altanería. No era un General de correaje y polainas embetunadas. Era un guerrillero de lanza en mano y debía dar lecciones de coraje a unos llaneros duros y curtidos, que habían sido soldados de Boves. ¿Cómo esperar otros modales de alguien que sólo había recibido lecciones de la naturaleza y que desde niño tuvo que soportar las pruebas mas extremas para sobrevivir en un mundo primitivo y brutal donde la vida era un desafío sin tregua?
No reniego de nuestros graduados que han aprendido cómo hacer las cosas y vuelven para aplicar sus recetas. Estas, con toda seguridad son las apropiadas, porque al fin y al cabo la economía no la inventamos en nuestro país ni lo que nos está pasando proviene de ningún morbo primitivo, de esos que únicamente nuestros chamanes amazónicos podrían sanar con exorcismos. No trato de invocar la magia, tan publicitada en estos días; pero invito a esos muchachos a asomarse a la ventana del apartamento y observar un momento la realidad; no sea que Simón Rodríguez, al fin y al cabo, venga a tener razón: “O inventamos o perecemos”.

El Nacional, 15 Febrero 1997,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: