Retorno a Salvador Garmendia

Salvador Garmendia (1928-2001), al igual que Juan Carlos Onetti (1909-1994) y Felisberto Hernández (1902-1964), pero cada uno con diferentes entonaciones, nos han dado, desde ese modo de comprender el mundo que es la fi cción, una estética que une incesantemente lo grotesco y la fealdad, en la manifestación de nuevas vertientes de las espiritualidad humana. Los colosales hallazgos de Onetti y de Hernández han sido recibidos con entusiasmo por nuevas generaciones de escritores y lectores, en el amplio espectro de la lengua; y más allá de la lengua; los de Garmendia parecen extraviarse en los horizontes porosos de la memoria. Se impone un gran regreso a Garmendia, a ese escritor que avanza en su fi cción, con una sonrisa, por los entrañables y abismales mundos de la condición humana

Víctor Bravo

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Excurso: belleza y muerte del arte

Para Hegel el principio del arte es el principio de la belleza, por lo tanto el desplazamiento de ese principio constituye la muerte del arte. El arte de Cervantes y Velásquez, el arte de Rabelais y Sterne, de Arcimboldo y Piccaso se constituyen en arte después del arte, según la expresión de Danto. El arte, según Hegel, aquel que tiene a plenitud el principio de la belleza, se da en la Grecia helénica; y ha muerto; señala Hegel: “El arte de la perspectiva de su determinación suprema es para nosotros algo perteneciente al pasado”. Hegel denomina a la poesía dramática en su figura clásica griega, “el nivel supremo de la poesía y del arte en general” porque solamente a ella le es “dado representar lo bello en su desarrollo más completo y profundo”.

Para Hegel la escultura griega alcanza el prodigio de reunir los ideales de belleza. En contraposición al arte griego, el arte histórico posterior inicia “la disolución de la forma clásica del arte”, yendo hacia su muerte histórica.

Quizá podrían señalarse, grosso modo, momentos fundamentales de ese deslinde entre plenitud estética y muerte histórica del arte: la Aesthética (1750) de Baumganten con sus delimitaciones de orden y belleza; y la crítica del juicio (1790), como tabla giratoria del arte moderno que establecerá las nociones de autonomía, la representación y creación de mundos que establece las nociones de autonomía, representación estética y, como diría Steiner, la creación incesante de mundos paralelos alternos”; y que planteará, sobre la muerte de la estética clásica, establecer cánones en un horizonte de transgresión y disonancia.

Así la teoría desde entonces podrá nombrar a Rabelais y Sade, a Shakespeare y a Cervantes, y proclamará la estética o las estéticas del romanticismo en el ingreso de la subjetividad, de la fealdad, de la lejanía, del juego, de la desmesura. Clausurado el canon clásico de la belleza se produce una suerte de reproducción del canon desde la negatividad que la modernidad conlleva, que tendrá uno de sus momentos en el romanticismo y que problematizará los extremos de realidad en el arte y arte por el arte. La historia de la estética y de la teoría, en muchos sentidos, es la toma de partido por los realismos o por los esteticismos.

De este modo, el arte y la literatura asumirán la exigencia de registro social o político, como emergencia por encima de lo estético o, por el contrario, ve su realización sólo en el juego estético. Desde este extremo Flaubert podrá expresar su deseo de escribir una novela sobre nada, o Kasamir Malevich pintará el cuadro blanco sobre blanco. La hermenéutica sin embargo nos viene a enseñar hoy que las dos fuerzas atraviesan el arte, pues éste refiere un mundo en el mismo instante en que funda un mundo.

La fuerza de transgresión de la literatura moderna es cada vez más desmedida y llega a su punto extremo en lo que Danto llama el efecto D: en la propuesta de los ready mades y el objet trouvé de Marcel Duchamp. El desplazamiento de lo no artístico al lugar de lo artístico y la intencionalidad que lo acompaña, y que dice “eso es arte”, produce lo que con Danto podemos llamar la segunda muerte del arte: la destrucción de todo canon posible y su sustitución por la “poética del objeto representado”, poética presente en el bolsón de la intencionalidad El arte y la literatura modernos, en contraposición al arte y la literatura clásicos, presuponen una puesta en crisis de lo real y sus presupuestos. Así la experiencia de lo fantástico (de lo “ominoso” diría Freud) que nos dan relatos de sorprendentes registros de alteridad, sobre todo a partir de Hoffmann; de allí la paradoja como la lógica secreta de la alteridad que corroe los cimientos de lo real, tal como nos muestran de manera festiva las novelas sobre Alicia de Lewis Carroll, de allí derivando de la paradoja, las atmósferas agobiantes y el secreto humor de Kafka; de allí las diversas formas de la parodia y de la creciente reflexividad del humorismo en el Quijote, de allí el juego de equívocos de Shakespeare; el grotesco y la desmesura de Rabelais y la exuberancia del humor en Sterne; y su confluencia en la alegoría, tal la confluencia de gran parte de la literatura moderna según nos dice Benjamin, en un proceso de reconstrucción del sentido; y en el humor, pues la conciencia crítica es, en alguno de sus importantes momentos, conciencia humorística. Así lo explicita Carroll o Sterne o lo lleva en entrañables surcos de su narrativa escritores como Kafka o Borges.

En contraposición al arte y la literatura clásicas, el arte y la literatura modernos, desde el exceso y la desmesura, desde la distanciación crítica y de la ironía cuestiona permanentemente la legitimación del orden y el principio de lo real. El orden y la realidad son los centros de cuestionamiento del arte y la literatura modernos, desde múltiples perspectivas y estilos; así, a título de ejemplo mencionemos el texto de Macbeth (Capítulo 5, parte 5), donde el personaje después de atravesar el delirio y la desmesura del poder señala: “la vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más; un cuento narrado por un idiota con ruido y furia y que nada significa”, (justamente William Faulkner publica en 1929 su cuarta novela en la que ahonda sobre un tipo de visión narrado por un idiota y la titula Thesound and thefury, traducida inicialmente al español como El sonido y la furia).

Retorno a Salvador Garmendia

Quisiera señalar brevemente como ejemplo de estos procesos textuales, la narrativa de Salvador Garmendia. Se ha señalado lo grotesco y la conciencia material centrada en la corporeidad como rasgo característico de esta narrativa y, podría decirse, grosso modo, que en la extensa obra garmendiana que se inicia en las décadas del cuarenta y del cincuenta con la publicación de El parque (1946) y Los pequeños seres (1958) hasta hoy, en la espera de publicación de sus muchos textos póstumos, desarrolla uno de los tratamientos narrativos de lo grotesco y de lo humorístico más significativos de la literatura latinoamericana.

Podría decirse que un grotesco, presente sobre todo en sus novelas, revela un realismo de sordidez como peso aplastante del vivir, como condición del ser, del pequeño ser, carencia esencial que fluye como herida en el sordo transcurrir de la existencia. En esta fase, la representación grotesca como promontorio o hundimiento de lo corporal, parece ir unida a un signo moral, una carencia ética.

Un segundo modo, cercano pero distinto, parece iniciarse en los libros de cuentos doble fondo, de 1966 y Difuntos, extraños y volátiles, de 1970, donde se esboza lo que luego será principio estético del escritor a partir de Memorias de Altagracia, de 1974: la danza de metamorfosis desprendida de la subjetividad hacia una representación estética del juego que toca lo maravilloso, lo fantástico, la levedad del acontecimiento que entonces se transforma en danza, en desrealización de lo representado, y todo en una fina y feroz descripción por donde asoma el relato; descripción muy lejana, por ejemplo, de los experimentos descriptivos del Noveau Roman, y muy cercana del trazo humorístico hacia donde finalmente confluye; así vemos personajes aparecer o desaparecer en leves atmósferas de misterio; sonrisas en rostros, como la sonrisa en el gato de Alicia, sostenidas por el rasgo instantáneo de la crueldad; rostros que llevan en sí una suerte de doblez de Dr.

Jekyll y Mr. Hyde y que al girar nos muestra el lado terso o, de otro lado, la monstruosidad y la corrupción; así, en “Tan desnuda como una piedra” donde la contemplación desde la infinita carencia, del despojamiento de sí y de la entrega se vive como una danza lejana y extraña; así, como en “Los puertos de Altagracia”, la luz contundente como si fuese una neblina convirtiendo en juego de fantasmas lo real; así, como en “El inquieto anacobero”, la celebración del orgiástico desde la distancia irrecuperable de la vejez. Rítmica percepción de lo incongruente que se mueve entre el peso de lo grotesco y la levedad sinuosa de la metamorfosis en la revelación ante la conciencia crítica de que el sentido del universo se desplaza, como señalara Felisberto Hernández, entre el infinito y el estornudo, o como se desprende de los textos de Garmendia “del charco de culpa” de lo grotesco o el arabesco de la danza; de la asombrosa visión de mundo como grotesco y tragedia o la sabia e irónica visión del mundo y el universo como un enigmático ámbito humorístico.

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Publicado en el suplemento literario del diario El Nacional, sábado 8 de septiembre de 2012.

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Salvador Garmendia, el fiero pasante de lo oscuro  

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Teódulo López Meléndez

La decisión de asumir la palabra no duele. Se toma con alegría y hasta con desenfado. Luego la palabra comienza a punzarnos las yemas de los dedos, a quitarnos la respiración, comienza a concientizarse en una elección de soledad y a hacer de nuestros ojos tizones que se incendian al mirar el teatro de títeres. Léase Salvador Garmendia en su encuentro con lo urbano.

Salvador está fondeado en la ruptura con lo rural, es el gran maestro de la narrativa urbana, pero miremos bien en sus “pequeños seres” y comprobemos que descubrió el arte como speculum y que sus textos no son realidad, son mucho más: son efectos de realidad. Sus pasos por “la mala vida” son descripciones desgarradas de un ser que mira y sufre, mucho más que una simple ojeada sobre las cuevas de la ciudad donde se amontona la miseria humana. Es la descripción de un drama propio, de algo ineluctable, de algo que pasa porque tiene que pasar. En Garmendia la ciudad no es más que feria, una herida que vivimos. Lo cotidiano es espectáculo. Utilizando una frase suya diría que la habitan “zoológicos flotantes”, una simulación de vida. Los habitantes de este teatro del absurdo son piezas escapadas de un mecanismo frente al cual el narrador es una postergación sin fin. Salvador aprende que todo se hace sombra. Él asiste a la representación como sentado en una butaca de actor y saca sus cuadernos para anotar las paradojas de la aparente fiesta, para registrar el baile desenfrenado de unos personajes que se exhiben como si él, escritor, tuviese la obligación de anotar sobre sus carnes, sobre sus pesadillas y sobre los trozos de materia que van largando sobre las aceras interminables y sobre los proscenios urbanos de los autobuses, de los bares de putas y sobre los que albergan solitarios dispuestos a bosquejar novelas en la barra del mostrador. Los ojos de Salvador Garmendia se sumergían en la realidad como fiero pasante de lo oscuro.

Sí, tenían la forma mecánica de lo desvencijado, la blancura que la noche da a la carne, la alegría de portar consigo la muñeca hermosa del contraste con la propia presencia desgarrada. Los personajes de Salvador Garmendia emergían de los bares, de los colectivos, de la soledad de una ventana, a buscarlo, a exigir la anotación del escritor, a reclamarlo para que participase en la constatación, y él los complacía haciendo de sus dedos sobre el teclado complicidad, goteo de memoria, implacable índice de registro donde quedaba todo, desde la imagen surrealista de un paraguas destrozando un ojo hasta el espectáculo nocturno donde iban a rugir los sobrevivientes del día. Desde los torsos y nucas atravesados en la visión de quien se siente acorralado por la presencia hostigante hasta la certificación del amontonamiento de la concurrencia pugnando por apretujarse en la primera fila en ansia desesperada de ser protagonista en las páginas del registrador de la palabra. Y el animador de la farsa, como en alguno de los cuentos de “Difuntos, extraños y volátiles”, al mismo tiempo huye y busca la multitud de la cual es el órgano escriturario. Podemos ir a sus libros a mirar el cuadro de la danza.

Publicado por Teódulo López Meléndez en 4:31.
http://teodulolopezmelendez.blogspot.com/2009/01/salvador-garmendia-el-fiero-pasante-de.html
Sábado 10 de enero de 2009

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Misterio y oficio de Salvador Garmendia

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Ibsen Martínez

“A cada hombre bastan su misterio y un oficio”, dejó dicho Chesterton en un verso que no creo famoso. A Salvador Garmendia me acercó en un principio, no su literatura, sino el haber compartido durante mucho tiempo con él un oficio del siglo XIX.

Porque fue a fines del XIX, todavía bajo dominio colonial español, con el llamado “tiempo España”, cuando los incipientes gremios de la industria del cigarro habano lograron una llamativa reivindicación para sus miles de afiliados de ambos sexos: el “lector de tabaco”. Se llamó así en Cuba al trabajador capaz de leer y quien, durante las largas horas de tediosa manufactura de los habanos, ocupaba un estrado en la factoría. Desde allí leía novelas por entregas a sus compañeros de trabajo.

Casi todas eran obras del realismo social europeo, traducidas al español: Los Miserables, de Víctor Hugo, por ejemplo, o Los Misterios de París, de Eugene Sue, así como las novelas de Balzac, Dickens y Alejandro Dumas, padre e hijo. Según los entendidos, fue así cómo se forjó un gusto colectivo por las novelas por entregas. El énfasis en un narrador -esto es, en una declamatoria voz masculina- y en el melodrama por entregas definió la forma y contenidos de este género radiofónico que muy pronto cundió en el resto de América Latina. Era sólo cuestión de tiempo que la “radionovela” se llenase de imágenes con la llegada de la televisión.

Comencé a trabajar como libretista de televisión bajo el feudal régimen del maestro y los aprendices. El día en que, a mediados de los años 70, llegué a la “zona del canal” -como el inolvidable César Enríquez dio en llamar a ese distrito imaginario, hecho de 10 ó 12 manzanas caraqueñas cuyo centro era la estación televisora del canal 2, sita entre las esquinas Bárcenas a Río-, los maestros se llamaban José Ignacio Cabrujas y Salvador Garmendia.

Garmendia y quien firma este suelto llegamos, en más de una ocasión, a sentarnos lado a lado en el mismo banco de galeotes; muchas veces compartimos la misma “ergástula”, como él llamaba a nuestras oficinas.

Fue a Garmendia a quien escuché referirse a un viejo escritor de libretos de telenovela cuyas facciones aindiadas le allegaban un notable parecido a una deidad incaica, y llamarlo “la llama cuzqueña”, no porque nuestro colega mostrase algún flamígero talento imaginativo o literario sino porque el pobre era ni más ni menos que una bestia de carga de la palabra escrita al servicio de Radio Caracas Televisión, un estajanovista del libreto, alguien que bajaba diariamente al socavón del espectáculo radioelétrico a escribir 35 ó 40 cuartillas diarias de culebrón y asegurar así el futuro de los hijos y nietos de Marcel Granier y de Peter Bottome. “Igual que nosotros”, redondeaba Garmendia, con lúcida conciencia irónica de sí mismo y de su (de nuestro) lugar en aquel mundo de embelecos radioeléctricos.

En más de una ocasión le escuché contar cómo, siendo adolescente aún, informó a su hermano mayor del designio que abrigaba de abandonar su Tocuyo natal para tentar suerte como escritor en Caracas. Su hermano mayor, que en el relato oral de Garmendia obraba como una figura tutelar, no se opuso a la voluntad del joven.

Según recuerdo el episodio narrado con jocosa facundia por Salvador, su hermano no dudaba ni de sus talentos ni de su inconmovible voluntad de hacerse escritor. Por eso tan sólo le dijo: “Usted traerá gloria a su casa, hermano, mas no pan”. Y así fue, sentenciaba Garmendia, sin desengaño alguno en la voz.

Decía, pues, que durante largo tiempo tuvimos el mismo oficio. En las pausas para almorzar, o en la antesala de alguna reunión con algún estulto e ignorantón gerente general, nos chanceábamos sobre oficio tan mezquino como el que nos había tocado en suerte, en faena tan infernal como puede ser escribir para la televisión.

Hoy miro hacia atrás y me apena no poder decir, como se estila en estos casos -y cómo me gustaría-, que Salvador Garmendia y yo, que tan cotidianamente coincidimos en el mundo del trabajo, no alcanzamos a hacer cabalmente eso que suele llamarse una amistad. La culpa de ello -por omisión constante- fue toda mía. No sé cómo me las arreglé para desperdiciar la ocasión de hacerme de un amigo como Garmendia, pero así son las cosas. Como todo llega en esta vida, llegó el tiempo en que ya ni él ni yo volvimos a pisar un canal de televisión y así, por mucho tiempo, no volvimos a vernos de nuevo.

Pero de aquella frecuentación digamos laboral, propiciada por el oficio común, me quedó el recuerdo de una experiencia invariablemente inquietante: la que deparaba Garmendia al leer de viva voz las sinopsis de las historias que, cada cierto tiempo, se imponía proponerle al sanedrín de ejecutivos de programación y mercadeo, presidido por estulto e ignorantón gerente general.

Si alguna vez fue cierto eso de que la ética de un escritor lo obliga primordialmente con el lenguaje, fue en aquellas sesiones, sin público académico, que Garmendia dejó lección de ello.

Eran textos de intención muy funcional, como ya he dicho, de propósitos apenas preliminares a la producción de una serie dramatizada. Pero, a pesar de ello, el “misterio” de su escritura obraba, irresistible, clavándonos al asiento, absortos todos en su magia de narrador insuperable.

Del misterio de su escritura y de las que podrían ser sus claves nos habla Alberto Barrera Tyszka con amoroso tino en un emotivo prólogo a El regreso, notabilísima selección de relatos de Salvador Garmendia que ayer domingo lazó al mercado la editorial de la Fundación Bigott.

“Ya hace años -observa el prologuista- (…), Ángel Rama anotó que sus libros daban las impresión de no haber sido ‘planificados’, que parecían haberse ido ‘construyendo por sí solos, como, desatendidos organismos vivientes, gracias a sucesivas aportaciones que un día se arquitecturan casi por sí mismas también y sorprenden al autor con un libro completo”. Esas mismas palabras, sugiere Barrera Tyszka, describen lo que puede ser la lectura de cada uno de estos cuentos.

Pero yo quisiera que volviéramos, no al misterio, sino al oficio de Garmendia. Hace pocos años, una publicación académica del IESA dio a la luz pública un enjundioso trabajo que abordaba el tema de la telenovela en tanto que rubro de exportación no tradicional, manufacturado por completo en Venezuela, sin subsidios estatales, ni barreras arancelarias que lo protegieran artificialmente, ni especiales incentivos fiscales.

El trabajo destacaba las ventajas comparativas y competitivas que, en punto a telenovelas, mostraba la Venezuela de los 70 y primeros años 80 que, por entonces, aseguraban un mercado singularmente apetitoso: el del entretenimiento radioeléctrico, justo en el umbral de la era del cable, innovación del mercado que expandió la demanda de material televisivo.

Algunas de esas ventajas radicaban en el hecho de que la telenovela incorpora tecnología de muy bajo nivel, de que la duración promedio de la misma -no menos de 150 horas- ofrecía a los canales compradores de América Latina, Indonesia, Filipinas, el mundo árabe, la antigua Unión Soviética y las naciones de Europa oriental que descubrieron y consumen telenovelas latinoamericanas, invalorables posibilidades de programación que desfavorecían a las costosas series enlatadas gringas y europeas, usualmente hechas de apenas 13, 26, o cuando mucho 39 o 42 episodios por temporada. En especial se hacía referencia en aquel trabajo al capital humano que distinguía a Venezuela en aquellos años: un recurso artístico, técnico y ejecutivo de larga experiencia, que en muchos casos se remontaba a los tempranos años 50 . En resumen, un notable caso de estudio que sugería enormes posibilidades futuras.

Lamentablemente, el trabajo aludido no mencionaba una descomunal “ventaja comparativa”: los canales de televisión venezolanos, productores casi todos ellos de telenovelas, no pagan derechos de autor a sus libretistas. Esto equivale moralmente a la pequeña “ventaja comparativa” que tenían los plantadores de café brasileños cotejados con los de Colombia, Venezuela y Centroamérica durante los años que van de 1830 a 1914, ventaja que se desprendía de que la trata de esclavos no cesó en Brasil hasta la década de 1880.

En una de sus últimas crónicas de prensa, publicada en El Nacional el 23 de octubre de 2000, un impecune pero siempre lleno de humor Salvador Garmendia escribió:
“La denuncia del despojo de que son víctimas los escritores de la televisión venezolana, al serles arrebatado el derecho de autor, no necesita de muchas palabras.

Será suficiente con dar a la publicidad un modelo de contrato de los que se aplican inveteradamente en los canales. A cambio de un salario, la empresa pasa a ser dueña absoluta de los derechos autorales de una obra, por tiempo ilimitado, en cualquier idioma en que se ofrezca, más allá de la desaparición física de su autor, por cualquiera de los medios de reproducción y divulgación existentes o los que se inventen en el futuro. A cambio de este despojo demencial y pirático, aparte de su participación fija en la nómina, no recibirá absolutamente nada”.

Ibsen Martínez, (Caracas) Columnista, periodista y escritor galardonado.
El Nacional, 14 Febrero 2005

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Entre tías y putas

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Rodrigo Blanco Calderón

Por una parte, la sabiduría popular afirma que la prostitución es el oficio más antiguo de la humanidad. Y por otra parte, otro tipo de sabiduría, la académica, que no es nada popular, señala que los relatos también existen desde que existe la humanidad. Esta coincidencia podría conducir a una interesante investigación sobre las relaciones entre la narrativa y la prostitución. Una especie de continuación, a la vez más general y más específica, de Poesía y capitalismo, de Walter Benjamin. A estas coincidencias en los orígenes del tiempo habría que agregar otra más reciente que nos ofrece cierta tendencia de la narrativa latinoamericana contemporánea. Una revisión somera de algunos títulos de autores importantes que han sido publicados en los últimos años, nos llevaría a una conclusión rotunda: las putas se han puesto de moda. Al menos, para la literatura, ya que aquéllas han gozado de una sostenida aceptación a lo largo de los siglos.
Putas asesinas   (2001) de Roberto Bolaño, Memorias de mis putas tristes   (2004), de Gabriel García Márquez, Puta linda   (2006) del peruano Fernando Ampuero, y La puta de Babilonia   (2007), de Fernando Vallejo, son parte de los libros que, al menos por lo que anuncian sus portadas, nos permiten identificar eso que de forma apresurada he llamado una tendencia. Guiándonos por el título, estaríamos tentados de incluir esta nueva antología de cuentos de Salvador Garmendia, Entre tías y putas, en dicho canon de arrabal. Sin embargo, una lectura atenta a todos estos libros nos revelaría que dicha tendencia no existe, o si existe, va más allá del hecho de contener la sonora palabra puta en la portada. En los casos de Bolaño y Vallejo, sus putas son metafóricas; en el primero nombra a la muerte disfrazada de mujer, en el relato que le da título al libro, y en el segundo se trata del nombre de pila de la Iglesia católica que el verbo hereje de Vallejo actualiza para pasarle su respectiva factura. La novela de Ampuero se enfoca en el proyecto narrativo de un joven escritor, casi adolescente, que ve en las prostitutas la instancia verdadera, la experiencia real, que puede legitimar su escritura. Y con respecto a la última novela de García Márquez, pues, qué le vamos a hacer.
Entre tías y putas, de Salvador Garmendia, pertenece a otra estirpe que poco o nada tiene que ver con los casos mencionados anteriormente. No es un libro escrito deliberadamente sobre el tema, sino una recopilación magistral realizada Elisa Maggi, proveniente de 14 volúmenes de cuentos publicados por Salvador Garmendia a lo largo de su vida. El orden de los cuentos se corresponde con una regresión cronológica que empieza en 1998, con textos del libro La media espada de Amadís, y que se remonta a 1970, con el cuento del libro homónimo Difuntos y volátiles. Se trata, entonces, de un riguroso repaso por la cuentística de Garmendia, que tiene en las figuras de las tías y de las putas unos personajes comunes, reconocibles, que le dan al conjunto un aire de terruño familiar y de complicidad nocturna.
Los cuentos de este libro van a estar protagonizados de forma intermitente, como ya lo anuncia el título, por dos tipos de personajes que son simétricos en sus diferencias: la tía solterona y la prostituta. Si bien es cierto que en este volumen hay más putas que tías, eso no implica que éstas sean menos importantes. Las tías solteronas en los cuentos de Garmendia no son únicamente la contraparte mojigata que hace relucir la liviandad de las otras. Son encarnaciones de una forma de vida solitaria, apartada y sacrificial que raya en el misticismo. Como si estas tías, al apartarse voluntariamente de la sexualidad, fueran la versión moderna de los antiguos anacoretas que se alejaban de la mundana realidad. El desierto es sustituido en este caso por un lugar no menos hostil y lejano: la típica y misteriosa habitación donde se refugian las tías para experimentar, al igual que sus antecesores anacoretas, los delirios religiosos que produce el hambre y la soledad. Por ejemplo, la tía María, del cuento titulado “Moral en acción“, que con la tela de su virgo, nos dice el narrador, “se hubiera podido remendar, en otro tiempo, el escudo de un guerrero”; o la tía Hildegardis a quien el narrador describe como una “de esas solteronas magras, inholladas, a quienes la posición horizontal sólo pudo haberles proporcionado sueños, seguramente insípidos”.
Ante estos personajes opacos y herméticos, surgen con evidente esplendor y con inocultable derrota, las numerosas prostitutas que copan la escena y protagonizan la mayoría de los cuentos que componen este libro. En estas historias, Garmendia reproduce con maestría los escenarios, los diálogos y los tópicos del imaginario prostibulario latinoamericano que han elaborado para nosotros la literatura, el cine, la música popular y la televisión. Un imaginario, y esto creo que lo podremos percibir claramente gracias a este libro, que el propio Garmendia ha contribuido a cristalizar. Si las tías solteronas encarnan el eterno desierto del alma humana, las prostitutas serán entonces el misterio líquido de nuestra naturaleza. Tal y como se ve en el cuento “Caño amarillo“, donde el mundo de la prostitución es narrado en una clave onírica y alegórica y donde las prostitutas son a la vez ángeles. Allí se nos dice que ellas, las putas-ángeles, son “poco reflexivas (…) en cambio, la humedad de sus almas no se extingue jamás”.
No obstante, hay que aclarar que Garmendia no incurre en la actitud ingenua, y falsamente solidaria, de exaltar la figura de la prostituta. Garmendia no rescata literariamente a las prostitutas de la degradación inherente a su oficio ni las convierte en un adorno exótico de sus relatos. Así lo demuestran algunos cuentos donde tías y putas convergen y se reconocen como semejantes en el desconcierto y la soledad final de sus vidas. Esta antología realizada, insistimos, con mucho tino, humor, sensibilidad y agudeza, por Elisa Maggi, le otorga a estos cuentos una dirección que probablemente, en el contexto de sus ediciones originales, no tenían: la difícil, y para muchos autores infructuosa, indagación en eso que se llama la condición femenina. Una indagación cuya virtud es no ofrecer respuestas ni definiciones sobre el elusivo y a veces fantasmal ser femenino. O, en todo caso, un libro que ofrece una única y entrañable respuesta: la perplejidad constante de todos los personajes masculinos que transitan por sus páginas ante el aislamiento o la entrega absoluta de algunas mujeres que han marcado sus vidas.

22 de julio de 2008, Librería El Buscón, Caracas.

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Entrar en una casa iluminada

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Rodolfo Izaguirre

A Salvador Garmendia le fascinaba el humor de las historias que inventaba Efraín Hurtado. Ellas provocaban en él una sonrisa que no llegaba a derramarse porque quedaba atrapada entre los dientes como si escapara hacia adentro para mostrarse sólo en el brillo de su mirada cada vez que Efraín, muerto a edad demasiado temprana, buscaba la manera de aparecer y sentarse junto a Salvador. Recuerdo la agria discusión en París, en el Boulevard Saint Germain, entre Jean Paul Sartre   y Raymond Queneau  . “¡Sartre decía que sí y Raymond que no!”.
De igual manera, cada vez que Salvador se enfrentaba a la disyuntiva de adquirir una entre las versiones sinfónicas del muestrario de Don Disco, era Gonzalo Castellanos, nuestro amigo arquitecto y fundador de Sardio, muerto también para eterna tristeza nuestra, quien le señalaba a Salvador cuál era la que debía comprar.
“Ellos siempre están conmigo, me dijo una vez Salvador con desarmante simpleza. Es más, cuando viajo, Efraín me acompaña y va echándome sus chistes”. Al notar mi asombro, exclamó: “¡No creerás que andan allí conmigo,en carne y hueso! ¡Ya es suficiente que mis vecinos crean que soy uno de los locos del psiquiátrico que está más arriba de mi casa!”.
Es lo que pasa ahora conmigo e imagino que con muchos de ustedes: la presencia de Salvador es física, ocupa nuestros espacios; sentimos que se mueve, que habla y nos sugiere lo que tenemos qué hacer o decir conscientes además, nosotros, de que lo que hagamos o digamos será lo más prudente,oportuno y conveniente. Y como él, dibujamos una sonrisa leve para celebrar la agudeza de su ingenio y la sensibilidad de su inteligencia.

2.

Una prueba de su presencia es este libro que ha editado la Fundación que lleva su nombre. Estas Anotaciones en cuaderno negro, manuscritas, que después de muerto Salvador, Elisa, quiero decir, la Negra Maggi, encontró entre sus papeles. La Negra, María Elena Maggi y Alberto Márquez se encargaron de la edición y corrección de los textos y la propia Elisa Maggi junto a Altagracia Garmendia se encargaron de la transcripción de laspáginas manuscritas. Entregaron los textos a Valeska Belisario para que los diagramara y a la Editorial Ex Libris para su impresión. El resultado es este libro que nos permitirá acercarnos no sólo a la intimidad del escritor sino a los secretos mecanismos de su proceso creador.
Estas Anotaciones en cuaderno negro se retroalimentan de la espontaneidad con la que surgieron, así hayan quedado ahora atrapadas para siempre en una bella edición. En vida de Salvador abrigaron, tal vez, la esperanza de ser revisadas con más detenimiento para formar parte de algún relato o para desarrollarse más ampliamente antes de darlas a conocer a la imprenta o para permanecer allí, en la mesa de noche, tal como fueron encontradas. Y así, intactas, sin alterarles una coma, la Negra Maggi las presenta ahora como el primer acto formal de la Fundación Salvador Garmendia y como actividad para recaudar fondos a beneficio de esta Fundación que me honro en presidir.
Hay dos grandes deleites, para mí, en estas Anotaciones en cuaderno negro. Uno, el de poder navegar por sus páginas facsimilares; escudriñar la garrapata de las letras, los borrones y tachaduras, los escritos en los márgenes; adivinar la mano de Salvador desplazándose sobre la página en blanco; sentir las descargas de energía y su apresuramiento por captar al vuelo una idea, una memoria, alguna vieja y perdida resonancia del tiempo.
El otro, es el de seguir su pensamiento, sus asociaciones de ideas, las vueltas y revueltas de su escritura; de conocer y determinar el funcionamiento de la mente literaria de este grande de nuestras letras.

3.

En cuanto al propósito y alcance de las Anotaciones, el propio Salvador es suficientemente explícito:
Un periodista me pregunta si vale la pena, hoy, intentar escribir un diario íntimo. ¿Por qué hoy? Creo que nunca ha valido la pena. Si lo que ahora pretendo sobre estas páginas puede ser capaz de engañar a la gente, será precisamente solo porque no es diario ni es íntimo. No pasan de ser anotaciones, crónicas breves, meditaciones, aforismos…
Sin embargo, estoy seguro de que estas Anotaciones se sobrepasan a sí mismas y dicen mucho más de lo que aparentan decir. Antonio López Ortega, al referirse a ellas, sostiene que “este último Salvador es el mejor, el que más arriesga, el de mayor contribución literaria”. Asegura que si la experimentación, la duda o el escarceo, estuvieron al comienzo del oficio narrativo, Salvador los convierte en su punto de llegada, en el punto de exploración mayor. Recuerda también López Ortega que la búsqueda de Salvador fue la de la desnudez, la del despojamiento progresivo: que es justamente lo que se encuentra detrás de las palabras; o, mejor dicho: lo que las palabras esconden cuando se supone que es lo que deben revelar.
Además de ofrecer una subyugante lectura, las Anotaciones…, constituyen un buen material para quienes estudian la obra literaria de Salvador porque hay en ellas indicios, alusiones e incluso reflexiones sobre actos triviales,cotidianos, y formas de escritura que enriquecerían aun más esos estudios y aportes. A lo mejor hay claves allí que recordarán algunos pasajes de su narrativa. En cualquier caso, hay en todas ellas una gran maestría.
Veamos por ejemplo, esta anotación que tiene qué ver con el más simple de los actos cotidianos, el de despertarnos:

4.

Estás despertando. Muévete con mucha parsimonia, lento, con precaución; primero por dentro, hilo por hilo para que la fibra delgada de la tela se expanda debajo de tu piel y ésta empiece a separar sus moléculas todas a la vez con mayor diligencia que antes, pensando en las hormigas cuando se amontonan en un solo punto y de repente escapan en todas direcciones; pero sin prisa, sin expresar temor, porque la escena es a cámara lenta. Estás despertando. Estírate con precaución, sin abrir los ojos todavía. Eso sobre todo es muy importante. No permitas el paso de la luz, porque ya no valdrá la pena continuar y si vas a desperezarte, haz que tus brazos se vayan hacia extremos distantes, pero sin romper nada y sean como enormes alas que navegan sin encontrar final, dilatándose entre millones de planetas.

En el libro hay reflexiones sobre los signos de la escritura; la pasión conformista del norteamericano por el automóvil y la epopeya del cine de vaqueros; sobre el paso de los días, la carga genital que descubrimos en el espejo; el peso de nuestros propios nombres; la infancia y la oscuridad de los rincones; la envidia por el trabajo de los guionistas del cine inglés y la hora del té; la memoria vista como un laberinto de calles vacías y los sueños como ramas frías de esa misma memoria…

¿No fue Flaubert   quien dijo que el artista debía aparecer tan poco en su obra como lo hace Dios en la naturaleza?
Me gusta pensar que Salvador logró esa hazaña. El problema con él es que, sin percatarse, la inconfundible nobleza de su escritura lo pone constantemente al descubierto.
Nuestros cuerpos se destruyen con la muerte pero mientras ella cumple su trabajo devastador también nuestros espíritus comienzan su fascinante labor de liberación. En el artista, en el escritor, la destrucción y la liberación se activan en otro nivel: la muerte destruye la personalidad pero libera la obra.

5.

Ahora bien, lo que más seduce de estas Anotaciones en cuaderno negro es que justamente en ellas Salvador revela y conserva su personalidad; la muestra sin vacilaciones; no acepta que la muerte la destruya; más bien libera definitivamente su escritura porque abre sus puertas manuscritas de par en par y puede uno entrar entonces en la Casa iluminada que alojó alguna vez a Mateo Martán, el personaje de Los Pequeños seres; a Engracia, a Matilde y a Aurelia; sobre todo Aurelia las veces que sentía que su cuerpo se alargaba y crecía hasta formar un arco de materia elástica en el aire blanco y uniforme de Los habitantes; a Cachorro, a Ratón y al propio Capitán Kid moviéndose como sombras por los patios de un reino perdido. Entrar en la Casa significa toparse con los difuntos, extraños y volátiles seres que parpadean insomnes por los cuartos y corredores; leer los libros que allí se encuentran; sentir el soplo de los otros fantasmas del tiempo; reactivar la memoria y asombrarnos ante la capacidad que mostró Salvador para poner trampas que desconcertaran a la muerte.
La verdadera gloria de estas Anotaciones no está en el hecho de que entremos a la Casa sino que encontremos en ella al propio Salvador, a nuestro amigo, asombrosamente intacto en unas Anotaciones en cuaderno negro que difícilmente podrán liberarse de él.

*

En Hace mal tiempo afuera, un conjunto de relatos breves editado por Fundarte en 1986, hay uno, el último de ese libro, titulado Caminando hacia atrás que no sólo merecería estar en las Anotaciones en cuaderno negro sino que podríamos incluir en él al propio Salvador como si se estuviera viendo también, a sí mismo, junto a los otros amigos, caminando hacia atrás. En mi opinión, es uno de sus textos más conmovedores:

6.

La fiesta que pondríamos, amigos, si todo hubiese sido una broma y ahora principiaran a salir por las puertas aquellos de nosotros que nada más habían ido a la esquina un momento, o estaban en el bar de enfrente, o pasaron un año en París o únicamente llegaban un poquito tarde, únicamente un poquito tarde a la fiesta que estaba convocada hace tiempo: Gonzalo, Efraín, Rómulo, Baica, el Chino; todos un poco más ligeros ahora, libres del peso de los días corrientes; ligeros pero con lo mejor que tienen, con la camisa más bonita; y esa noche no nos cansamos de mirarlos paseándose por entre los sillones como grandes juguetes que brillan y andan sin sentir cansancio; y nosotros no paramos de hablar en toda esa noche, hasta que el amanecer nos sorprende y vemos que ninguno de nosotros ha envejecido; pero ellos ya tienen que irse, claro, porque la hora del regreso está pasando, y todos salimos a despedirlos a la puerta; adiós, chicos, adiós; y ellos comienzan a alejarse pero no lo hacen en fila ni formando grupos, sino regados en todo lo ancho del camino por todo lo díscolos que fueron y siempre caminando hacia atrás y saludando con el brazo: adiós, adiós pues; después nos vemos; y se alejan, pero tampoco demasiado ni tampoco van perdiendo tamaño; solamente se van otra vez, satisfechos, por un camino que tiene de todo como en los cuentos y no termina nunca.

Palabras dichas en el acto de presentación del libro Anotaciones en cuaderno negro, el día 22 de abril de 2004, en la Librería El Buscón. Caracas.

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La casa de Garmendia


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Rafael Arráiz Lucca

Garmendia es un apellido de origen vasco y, como tal, ha debido llegar a Venezuela de la mano de la Compañía Guipuzcoana  , en el siglo dieciocho. Seguramente el primero llegó a las inmediaciones de El Tocuyo   con alguna encomienda. Casi todos estos vascos se fueron desparramando por el Estado Lara, así pasó también con mis antepasados. En muchos sentidos son historias paralelas. Tanto es así que Hermann Garmendia y mi padre, al concluir el bachillerato en Barquisimeto, se vinieron juntos a Caracas y al cabo de una semana en la capital, en una típica pensión de la década de los treinta, el hermano de Salvador tomó la decisión de regresar a la ciudad de los crepúsculos y quedarse allí para toda la vida. Mi padre lo despidió y se quedó en Caracas para siempre. Ambos murieron hace poco, con unas vidas ya cumplidas.
La historia de Salvador Garmendia es de los que no regresó a Barquisimeto sino de vacaciones, a saludar a su familia. Pero ese mundo larense no desapareció por completo: es el que respira en su reciente título La casa del tiempo. Un libro de relatos ambientado en varios universos urbanos: en los corredores y los patios de su ciudad natal, en las mesas de los restaurantes y cafés caraqueños, en las pensiones donde transcurrió la juventud de Garmendia. En estos sitios es donde el autor va a tejer una cantidad de hechos insólitos, corrientes, eróticos, signados todos por la estrella de la soledad más brillante y, por supuesto, por la maestría del autor que ya nos tiene acostumbrados a su palabra esclarecedora. Y ésta es la palabra, porque lo que hace el autor con su verbo es iluminar lo que estaba oscuro. A lo largo de estos textos entra en juego la destreza para crear ambientes que asiste a Garmendia. Se vale de los olores (son fundamentales en su obra), de la disposición de la piel sobre los huesos de sus personajes, de los tonos de la voz, de las descripciones arquitectónicas de los lugares, de los sitios donde el uso deja sus huellas de grasa, en fin, el autor no desdeña dato para completar la atmósfera donde ocurren sus historias. Muchas de ellas concluyen como terminan las vidas: con la muerte. Bien sea por suicidio o por abandono, por vejez o por asesinato. El desenlace mortal seduce al narrador en esta oportunidad, tanto como su proverbial sentido del humor que no deja de esplender ni en las situaciones más dramáticas. Hasta en la descripción de un anciano decrépito agonizando puede hacernos guiños la mirada humorística del autor. Y aquí surgió una palabra clave de toda esta narrativa: la mirada. Garmendia es un hombre que mira hacia afuera, es casi un voyeaur, un fisgón que va buscándole los huesos a sus personajes. De hecho, innumerables veces, al describir, señala el esqueleto que subyace bajo la piel con una gran fruición. Él mismo hace la metáfora de sus operaciones narrativas: le ve el hueso al personaje. He aludido varias veces al personaje porque considero que es joya de los textos garmendianos, pero en nada estorba a la importancia que la trama tiene para el autor.
Dos relatos destacan en este libro: Tío Lencho y Las muñecas. El primero es una pieza que sólo admite un calificativo: conmovedor. Es el resumen de la vida de este tío, con una escritura fulgurante y bellísima que, a todas luces, el autor a medida que avanza en su relato se da cuenta de que tiene un pez muy gordo en el anzuelo y hace gala de sus mejores dotes de escritor. Este tío, como muchos otros de sus personajes, vive en un cuarto del corral al que nadie tiene acceso. Esta figura del cobertizo oculto que encierra un misterio es cara a Garmendia y surge en otras oportunidades. Casi siempre el enigma es develado con la apertura de la habitación, a partir de allí se reconstruye la vida oculta del tío. La enfermedad de los lujuriosos de la época se acelera y la vida del tío, inerte, queda en manos de las peripecias más ingenuas y descabelladas. Es un relato trágico y comiquísimo. Emblemático en dos sentidos: detrás del misterio no hay misterio, y casi nunca nos gobernamos totalmente. Estamos en manos de la barbarie en absoluto silencio hasta que los mandamos a todos al carajo, como tío Lencho antes de morir.
En Las muñecas también la fuerza que nos fija a la lectura viene de las profundidades de algo encerrado, algo que no sabemos qué es. Son tres hermanas sometidas a los caprichos del padre enfermo, un loco que no las deja salir a la calle si no con él detrás, como un perro rabioso y vigilante. Ya no son unas niñas cuando el padre muere y quedan solas en el mundo (la madre no aparece en el relato) sin saber qué hacer con sus cuerpos grandes y blancos. Las tres salen en desbandada y van enloqueciendo por el camino, desprovistas de las armas para enfrentar la vida son atrapadas por una red absurda de prostitución y estiércol.
A Garmendia le gusta auscultar las zonas menos evidentes. Conoce mejor la temperatura de la ingle que la de las manos, descubre más en la cavernosidad de una tos que en una visión rasante. Su mirada, nutrida por el tacto de la experiencia, descubre con agudeza dónde se dan pasos hacia una tragedia. Quizás por esta formación hecha a golpes y traiciones y estulticias sufridas, es que el narrador sabe dónde queda el agua del humor, de la gracia, de la ternura. En medio de estos dramas graciosos, una mirada profundamente humana, purificada en el plato, en el trago y en el trato gentil del comensal se abre paso para salvar(nos) del horror. También esto ha hecho Garmendia: se ha salvado de los horrores que ha visto porque ha volteado las barajas, no se ha dado por satisfecho con la cara sola, le ha visto la cruz.

El Nacional, 21 de febrero 1997.
http://www.el-nacional.com/ 

Salvador Garmendia: la novela del nuevo siglo

fabio-matinez1Fabio Martínez

En las postrimerías del siglo XX ¿cuál es la no vela del nuevo siglo que desde ya se vislumbra como un período altamente exigente, múltiple y competitivo?

Después de fenómenos tan importantes como son la novela filosófica europea, el boom latinoamericano, el surgimiento de la narrativa africana, y la novela clan destina de los países del Este que, por las condiciones penosas en que se escribió y por su calidad indiscutible, va a ser novedad y moda en la presente década, ¿cuál es la propuesta de los novelistas, para el lector del siglo XXI? Y en esta perspectiva, ¿cuál es la pro puesta de un escritor tan nuestro, como lo es Salvador Garmendia, que cuenta con una de las obras más ricas y extensas del continente, trabajada a lo largo de cuarenta años?

La muerte de la novela

En Europa y, particularmente, en Francia e Italia, se viene hablando de la crisis de la novela; crisis que debe entenderse no como la muerte de este género -según expresión de cierta crí tica que seducida por la ilusión que produce la televisión y, sobre todo, el mercado, confunde y desvirtúa los diferentes universos imaginarios, necesarios para el espíritu humano-, sino que debe interpretarse como la necesidad cada vez de reinventar nuevos lenguajes, que le permitan al lector de nuestros días, mirarse de nuevo, como un bruñido y policromado espejo.

La última novela, según esta crítica apocalíptica, tendrá como tema cen tral, la guerra y la podremos ver por la pantalla del televisor.

Esta situación deprimente, por fortu na es ajena a nuestro continente. Y esto, debido a que nuestra literatura, al contrario, por ejemplo, de una lite ratura francesa o anglosajona, se ha cocido en un contexto relativamente nuevo, donde el lenguaje y la imagina ción están en permanente cambio y movimiento. El lenguaje y, sobre todo, la imaginación en América Latina son tan ricos, que no sólo han servido en esta segunda mitad de siglo que está a punto de fenecer, para que se produz ca una literatura vigorosa, sino tam bién que han servido para producir en el campo de la política las más vergon zantes aberraciones.

Es en esta difícil paradoja que se debe ubicar la obra del escritor venezolano Salvador Garmendia. El escritor venezolano irrumpe en la literatura, en 1959, con Los pequeños seres. Desde esta pri mera obra que según la crítica venezo lana de la época, fue considerada como una novela “fresca, violenta y extraña mente madura”, el escritor anuncia los presupuestos simbólicos en que se va a desarrollar la mayor parte de su obra: la mitología urbana con sus escenarios mórbidos y desoladores, el desquiciamiento paulatino del indivi duo, y la forma de narrar fragmentada y yuxtapuesta, influencia del cubismo europeo y del cine, y que adoptaron no pocos novelistas de su generación. Todo esto, escrito maravillosamente en un lenguaje lírico y áspero: “Contamos pocos momentos de felicidad verdade ra. La dicha se reparte en pequeños pulsos sobre esta corriente de los días que arrastra tantas cosas irreconoci bles. Muchos días, muchas largas cadenas de días no nos pertenecen. Doblamos numerosas hojas en blanco sobre capítulos de tedio o de fatiga. Por las noches, nos extendemos sobre la espalda adolorida: la ciudad duerme encima de nosotros… Somos ese otro ser y miles de seres. Pero no solemos ser felices…” (1).

Garmendia y el boom latinoamericano

En 1961, fecha inaugural del boom latinoamericano, Garmendia publica la novela Los habitantes. Recordemos que en esa misma fecha, García Márquez   y Juan Carlos Onetti  , publicaran en su orden El coronel no tiene quien le escriba y El astillero: en 1962, Carpentier   y Fuentes   El siglo de las luces y La muerte de Artemio Cruz; y al año siguiente, Cortázar   y Vargas Llosa   aparecerán con Rayuela y La ciudad y los perros. Como puede apreciarse, ésta es la atmósfera literaria en la que se desenvuelve Garmendia y, aunque no figuró oficialmente como miembro del boom, Garmendia, así como suce dió con Rulfo   y Onetti, para sólo desta car dos nombres importantes, contri buyó con su obra a dar la vuelta de tuerca que tanto necesitaba nuestra literatura, y a ponerla a la altura de las corrientes literarias universales.

En aquel momento, tres corrientes fundamentales se desarrollaron de México hasta Argentina, logrando crear por primera vez una sólida y compleja narrativa, que enseguida llamó la aten ción a la crítica literaria europea y norteamericana, siempre renuente a nuestros procesos literarios y cultura les: el mundo mítico-mágico, el mundo del barroco y el mundo de lo fantásti co.

Justamente, es en esta convergencia múltiple y compleja, que sólo podía ofrecer un continente como América Latina, con su riqueza y diversidad, que debe interpretarse el universo lite rario de Garmendia y, sobre todo, su estilo. Garmendia parte del lado oscu ro de la ciudad y, a partir de allí, va creando una intrincada trama de es cenarios fragmentarios y dislocados, donde siempre se mueve un anti-héroe, que en la medida en que es foca lizado por un narrador subjetivo (ver Los pies de barro), o un narrador dis tante pero profundamente implicado en el destino de ese héroe (ver Los habitantes], crea un universo totali zante. A ese duro periplo del héroe de Garmendia, que casi siempre está sometido a vivir situaciones extremas, que lo conducirán al infierno de la locura y el desajuste social, ese que Ángel Rama   llamó hace veinte años, la “memoria ancestral de Garmendia”. Y esto es pertinente, pues el héroe en Garmendia, a pesar de la sordidez, lo mundano, los malos olores y la escatología que lo atraviesa, está cumpliendo la función de ser “inconsciente colectivo”, memoria colectiva de la especie del hombre latinoamericano.

“No conocía a nadie allí y en cambio me empezaba a gustar aceleradamente la mujer del tipito de los anteojos, tan horrorosamente limpio y pulido de punta apunta y despidiendo brillo, que llega a recordarme una de esas salas de baño impecables, aromatizadas con pastillas de olor. Pero su mujercita era otra cosa: tenía chispa; una chispa gatuna y afilada que le saltaba de los ojos y ¿ahí estaba yo? Asomado entre dos cabezas ridículas para disfrutarla a mi antojo. Me empezaron gustando sus pechitos tiernos, revelados por una de esas cotas vidriadas que toman fuego a cada oscilación de sus plie gues: dos peloticas trémulas, que una vez desnudadas y acorraladas por sucesivas bocanadas de aliento, pro vocaría exprimir de la base hacia arri ba, poco a poco, hasta verlos soltar su masita amarilla por las puntas y des pués el ceñido de unos pantalones Saint Tropez que le apretaban las caderas de una manera entre ambigua y resuelta, dándole cierto dengue de mariquito descarado, hasta que se dio cuenta de que la estaba mirando en dirección a los países bajos y se mor dió los labios” (2).

El capitán Kid y la novela del nuevo siglo

Después de 1973, fecha de publica ción de Los pies de barro, Garmendia canalizará sus esfuerzos en el relato, en el que ya venía incursionando des de 1965, con sus libros Doble fondo y Difuntos, extraños y volátiles, este último publicado en 1970. De esa época son Memorias de Altagracia (1974). El inquieto anacobero y otros relatos (1976) y El brujo típico y otros relatos (1979). Y es a partir de 1981, donde Garmen dia, quizás por su obsesión de querer imprimirle una totalidad a su universo literario, retoma nuevamente la novela con El único lugar posible, y se dedica a escribir bajo el auspicio de la Funda ción Guggenheim, El capitán Kid, una “novela de corte lírico-fantástica, llena de imaginación y vitalidad, donde el escritor, como en un maravilloso sue ño, vuelca toda su experiencia literaria a la infancia, a su origen.

El capitán Kíd, al contrario de su pro ducción novelística anterior, y cuyo escenario principal giraba alrededor de Caracas, se desenvuelve en Barquisimeto, ciudad natal del escritor. Ciudad que simboliza parto, origen, naci miento y que, dentro de la tradición literaria, como puede apreciarse en Retrato del artista adolescente de Joyce   y El tirachinas de Ernest Jünguer, simbolizan el período de gestación sentimental, que todo artista vive en tre los siete y los catorce años.

Por esta razón y por su excelente fac tura literaria, donde Garmendia nos muestra lo que significan cuarenta años de oficio, es que El capitán Kid es una novela de ruptura y, al mismo tiempo, es puente de unidad, no sólo con su obra pasada, sino con lo que está por llegar.

La novela, pues, del próximo milenio, sobre todo en este lado del planeta, se empieza a trazar. La confluencia, por un lado, de tres o cuatro generaciones que están en plena producción, el legado y tradición que nos van dejando im portantes períodos (verbigracia, el boom latinoamericano), y nuestra propen sión sobrenatural a contemplar la vida bajo el lente mágico de lo imaginario y lo simbólico, son apenas algunos indi cios que nos permiten alejarnos, feliz mente, de aquella idea fanática de la novela. Si se quiere, la novela en América Latina está tan viva como la muerte. “Si en diferentes momentos de mi vida -dice Salvador Garmendia- me hubiera preguntado por qué escribo, la respuesta hubiera sido distinta cada vez y de una manera u otra estaría siempre cercana a la verdad.

Pero, el caso es que me estoy acercan do peligrosamente a una edad donde estas variantes ya no son enteramente posibles; no van quedando márgenes suficientes donde trazarlas, y el cami no vuelve a ser, como en la infancia, uno solo. Por ejemplo, cuando tenía doce años escribía porque lo soñaba: y ahora mismo siento que esta respuesta vuelve a cobrar vigor, por lo menos como una aspiración o un desafío” (3).

Notas
(1) Garmendia. Salvador. Los pequeños seres. Monte Avila Editores. Caracas. 1979. Págs. 74-75.
(2) Garmendia, Salvador. Los pies de barro. Círculo de Lectores. Bogotá, 1972. Pág. 8.
(3) Revista Quimera No 6. Bogotá. Sept.-Oct. 1990. Págs. 43-44.
El Espectador, Magazín Dominical.
Fabio Martínez nació en Cali, Colombia, 1955. Egresado de Literatura e Idiomas de la Universidad Santiago de Cali, obtuvo una Maestría en Estudios Hispánicos en la Universidad de la Sorbona de París y un Doctorado en Semiología Literaria en la Universidad de Quebec en Montreal, Canadá. Autor de: Un habitante del Séptimo cielo, Fantasio, y Breve tratado del amor inconcluso.



¡Salve, salva, Salvador!

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Edmundo Aray


Algún mediodía, en el barrio El Manicomio, montado en un cerro, al noroeste de Caracas, lindando el barrio con otro, más arriba, por nombre Lídice pues venía de ajetreo heroico. Algún mediodía, digo, en casa de mi madrina Enriqueta Ochoa, que en paz descansa decenios ha, echado en una cama por motivos de siesta, me perturbó el locutor de una radio novela, quien introducía impecablemente los acontecimientos a por suceder. El texto introductorio acabó con mi siesta, tal su lujuria narrativa, el modo apropiado de situar la acción para que entraran en juego las voces de unos y otros personajes. Confieso que me interesó muy poco cuanto dialogaban en medio de campanas, cascos, pasos quedos y voces altisonantes menguadas.

Me interesaba el relato inicial, la apertura que daba motivo a reclamos, improperios, excusas, agresiones y otras cosas más de los seres humanos: el padre agraviado, la madre en lágrimas, la muchacha dispuesta a renunciar cuanto hubiese de pecado en su vida de patios, aleros, celosías aparte de las prevenciones y chismes familiares en la casa solariega. Total, que sonaban el viento, la lluvia, pasos por los corredores, trinaban pájaros del porvenir y aves de mal agüero. Al joven de la alterada siesta, lleno de afán por ingresar a la UCV, decidir su destino entre la medicina o la economía que la de Hipócrates provenía de los deseos de mi madre Rosa, al joven, le interesaba el autor de aquella radio novela que un locutor, con voz de garganta, animaba como el mejor. Media hora después, con los intermedios para anunciar Cafenol, Mejoral, Pepsi, o quién sabe que otro producto o empresa patrocinante, una otra voz informaba de los créditos de la susodicha radionovela: algo así como Salvador Garmendia distinguía al autor.

¿Es el mismo?, me pregunté ¿El mismísimo de Barquisimeto?

¿El hermano de Hermann, director de la Biblioteca Estadal? ¿Hermano de Carlos y Omar?

Tiempo después escuché nombrarle en el Bar Iruña, lugar de encuentro de poetas, escritores, abogados, pintores y amigos del buen beber, a tal llamábamos libar el frío “tercio” para muchos mejor que la “caraquita”, aunque a los nostálgicos ni aquél ni ésta eran superiores al “botellón”.

Anoto que, de las innumerables veces que oí hablar de Salvador, registré no pocas historias suyas. Verbigracia, la de una tarde muy caída de un Jueves Santo en la que nuestro autor escuchaba un canto gregoriano -acaso la tercera misa de Navidad, encerrado en un cubículo de Radio Continente, si no como devoto sí como amante de la música de aire conventual. Que la puerta fuera abierta y aparecieran un sacerdote de rigurosa y negra sotana, preguntando por el cristiano programador, fue suficiente para que Salvador diera contra el suelo con todo y su divino nombre y la silla por armadura.

La menos descalabrada historia, cierto, por sí amarga de la novia que, arrebatada por los celos, hizo trizas los originales de la primera novela de Salvador. (¡Qué de cervezas bebimos y, de alguna manera, plañimos por tan negro acontecimiento!)

Apunto que en los días iniciales de Sardio, en alguna escondida tasca, nuestro autor sacó de su chaqueta un cuento que dio a leer a Rodolfo Izaguirre, por si era de admisión en el primer número de la revista: Crusoe días después: Aplausos y jolgorio en el Iruña. El barquisimetano entraba por la puerta grande: miembro del Consejo de Redacción de la revista, publicación que sería el santo y seña del grupo. No sitúo a Salvador en aquella primera versión del Iruña con sus cinco metros por diez , a no ser después de la inauguración de la Galería Sardio antes del 23 de enero fecha inscrita en la historia por la voltereta que dio alas al general Pérez Jiménez para aterrizar en La Florida, y asidero a una junta Cívica Militar para instalarse en el Palacio de Miraflores con amplio apoyo popular.
Después comenzaron las junturas de los sueños y de los afectos

Entre una y otra visión del país, de su incipiente democracia; de la literatura, entre una y otra de los amores y de la complicidad, metidos unos dígase Gonzalo Castellanos, y Edmundo Aray en afanes de publicar los textos de los unos y los otros, en libros o en la revista, entre estos y aquellos, o viceversa, Salvador fue entregando más horas a las nocturnidades Sardianas, bien fuera porque la empresa -Radio Continente prefería al libretista, cerrándole, delicadamente, espacio al locutor, bien porque Salvador desprendía raíces familiares para sembrarlas en las mesas atiborradas de cervezas en el Iruña, junto a las innumerables colillas que iban a parar en el jardín aledaño, tierra propicia para que, por cierto, sembráramos una «matica de café» para la amigas que así lo quisieran o pudieran desearla, como también para el enemigo del Palacio de Miraflores que ya comenzaba a olfatear las azucenas del Norte. Entre unos y los otros suenen los nombres de Luis García Morales, Adriano González León, Guillermo Sucre, Elisa Lerner, Rómulo Aranguibel, Ramón Palomares, Francisco Pérez Perdomo, Rodolfo Izaguirre y Gonzalo Castellanos, como los de Manuel Quintana Castillo, Marcos Miliani, Perán Erminy, Antonio Márquez Salas, Héctor Malavé Mata, José Salazar Meneses, y otros más para que una “ordenadora” menos maltrecha que la mía haga registro de autores de aquellos días. Entre estos y otros se regaron los cuentos de Salvador.

(Permítaseme un paréntesis para acotar que el viejo Salva era un notable narrador oral).

Cuentos de a de veras. Conocimos de su adolescencia que de su infancia poco aportó, de la Maestra Casta J. Riera, insigne educadora, para siempre en los recuerdos de Salvador y de Rafael Cadenas; de su fallida experiencia beisbolera y de las hábiles manos de Rafael Cadenas en la “tercera base”, allá, en los campos de La Mora. Conocimos de sus hermanos Hermann y Carlos, por muchos años empedernidos anti adecos, para terminar luego en sus predios; y, con el mayor sobrecogimiento, de sus años metido en la hamaca, sometido a ostracismo en la última habitación de una casa del barrio de Altagracia en Barquisimeto, casa abierta a los aguaceros, cómoda para la calor y los zancudos.

Al “muchacho” le había venido la tuberculosis mal de moda de las inolvidables horas del romanticismo : ¡pues venga el cinturón de la salud!

Hermann no hizo mucho caso de la veda al adolescente, a quien, por falta de recursos, no podía llevarse a temperar en Sanare, erial de fresas, y de recuperación del mal que atacaba a ricos y pobres decir a los oídos atentos en las pláticas de sobre mesa o de las interpuestas por la radio, ese aparato infernal que, según la abuela de Salva separaba la familia. Pues Hermann., haciendo caso omiso a consejos y prevenciones, atiborró a Salvador de libros de caballería, del siglo de oro y de cuanto conocía de la picaresca.

Nuestro autor se bebió si cabe decir al Amadís de Gaula, Lazarillo, Estebanillo al señor Quijote, Mateo Alemán y el Guzmán de Alfarache. Como quiera que el adolescente no se saciaba, aparte de que la dieta para su estómago pecaba de frugal, Hermann convirtió la mesa de noche en un cerro luminoso con Francisco López de Úbeda y la pícara Justina, Luis Vélez de Guevara y el Diablo Cojuelo, el doctor Carlos García y “La desordenada codicia”, médico superior entonces a cualquier galeno larense -que así lo opinó su hermano Carlos cuando vio el libro sobre el acongojado pecho del enfermo; Francisco de Quevedo: montón de sonetos pornográficos y no menos provocadoras historias de La vida del Buscón, y pare de contar no sea que al Hermann de esos días, sino a mí, ahora, se nos tilde de abundosos.

Valga, para aliviar el peso, una cita de Memorias de Altagracia, manera de que alguna de las inolvidables tías de Salvador paseé por estas páginas: “Tía Augusta comenzó a hablar del cometa Halley, el que una vez había aparecido encima de la casa, mismo sobre el caballete de la galería. Al marcharse, después de muchos días, casi todos los relojes de la casa se habían parado por completo y muchos de ellos no volvieron a andar otra vez. Casi nadie se quedaba en sus casas durante esos días, como no fuera por las noches, cuando ni hombre ni mujer se atrevían a ir más allá de los portones”. (¿No recuerda a don Mariano Picón Salas?).


Regresemos al decenio de los 60

Se nos vino encima la violencia. La Revolución Cubana hacía de las suyas allá y aquí. Agitaba los espíritus y enardecía voluntades. Se nos vino encima el desamor a la democracia. Pusimos en juego una novela de Salvador: Los pequeños seres(1959). Después, desde la UCV, Los habitantes (1961), y en medio de la confusión, al través de Guillermo Meneses y de la revista CAL, una otra novela Días de ceniza, (1963).

Se nos vino, para colmo, la separación. Unos, en París. Otros, en esta tierra.

Algunos más flor de la andante caballería : Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles y Alfonso Montilla haciendo de las suyas en Salamanca, pero con un estribo en Venezuela. Tremenda confusión. Divisiones a la orden del día. Partidos políticos partidos en dos. Pasillos universitarios con anuncios de mochila al hombro para meterse en la montaña. ¡El desastre! La democracia falsaria y la utopía que viene del monte a redimir la historia. ¡A jugársela todo el mundo! Unos por el estatus, otros por su reverso. ¡Vaya uno a saber!

En nuestro caso, optamos por subvertir a partir de Lautreamont, Dadá, Bretón, con la guía de Rimbaud, si no de Sade. ¡Con el demonio una vez más! ¡Con el Pequod, los balleneros y sus arpones! Salvador participaba por solidario y afectísimo, porque no tenía otro lugar humano en el mundo, además de Amanda y de sus hijos, que ser piedra del pedrerío con todo y terremoto; velador cómplice de la locura, aunque la suya fuera otra: escribir, escribir, escribir. En aquella opción subversiva, “cambiar la vida, transformar la sociedad”, se embulla El Techo de la Ballena, no sin antes publicar el número ocho de Sardio, con un testimonio encendido de Gonzalo Castellanos, el menos politizado del grupo, y la incursión de un manifiesto ballenero por las últimas páginas de la revista.

En París se caldearon los ánimos. Guillermo Sucre escribió una agresiva carta de protesta dirigida a Gonzalo, en la que rechazaba los contenidos de la revista y reprobaba el cambio en el Consejo de Redacción (conformado por sardianos residentes en el país). Adriano levantó por los aires y regresó a Venezuela. Encontró el proyecto en plena navegación, y se incorporó con toda su incontenible pasión. Desde la arboladura., el Techo alzó vuelo oceánico, hundió velas en los meandros de la violencia.

Salvador sostenía, con ahínco, su oficio de escritor, sin abandonar follones, arcabuces, tertulias ni convites. Seguramente armaba el libro Doble fondo, con cuentos escritos en la atmósfera de entonces, o La mala vida, novela inicialmente publicada en Uruguay, y por Arca, empresa editorial en la que participaba Ángel Rama -hincha de El Techo de la Ballena en aquella temporada en el infierno”.

(Cuento que Salvador comenzó a adquirir el oficio de escritor antes de los diez y ocho años, en Barquisimeto. Para vivir, para participar de la existencia en Altagracia requirió de la locución y de las novelas radiales. Por escuela de la palabra y de los aconteceres de ficción: la picaresca y de cuanto dimos cuenta).

Del empeño en el oficio de la escritura, un pequeño testimonio personal: Tocó a Salvador ser huésped en la casa que entonces ocupaban los Aray en un barrio habitado por trinitarios, detrás de la avenida Andrés Bello, digo, detrás de una tienda por departamento llamada VAM. Casa de desafueros y desafueros, tragos, comilonas, festines y hueco de amarguras y llantos, de quebraduras y desalientos. Tocó a Salvador vivir en aquella casa por varios meses.

De aquellos días conservamos los amaneceres del escritor, merodeando las seis de la mañana, en una esquina de la mesa de bálsamo, metido en su escritura, a lápiz, para no despertar a los niños ni arrugarles el sueño a los anfitriones. Zonia – barquisimetana por cierto-, apreciaba el acomodo de Salvador, agradecía la gentileza aprendida así decía de sus tías de Altagracia, el señorío, las demostraciones de la buena crianza, y el ejemplo de las buenas costumbres y respeto a los demás.

En algún período de aquellos años, en que nos quedamos a la intemperie, vale decir: Adriano González León, Luis García Morales, Guillermo Sucre, Rómulo Aranguibel hacían vida en París. Elisa Lerner en Nueva York; Gonzalo anunciaba, desde Frankfurt, regreso con cartas escritas en un impecable alemán. Época en la que Rodolfo y Salvador trabajaban para la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela. Y Edmundo en la Biblioteca de la Facultad de Economía.

Era de obligación encontrarnos cada mediodía para buscar restaurant en los predios de Los Chaguaramos. Pues bien, en una ocasión bajé del piso once del edificio de la biblioteca de la UCV, al piso diez, donde estaban las oficinas que ocupaban Salvador y Rodolfo. El primero solicitó que le esperasen dos minutos, tiempo suficiente para terminar con un “stencil”… ¿Qué significa esto? En el camino formulé la pregunta a Rodolfo. A lo que me respondió: “sobre el stencil escribe sus novelas para la radio”. Repregunté: ¿y quién corrige las erratas? “Pues él”, obtuve por respuesta, con el añadido: “para eso tiene el corrector de tintas”. Lo cierto es que -valga el galicado-, cada tarde, los capítulos de la novela salían rumbo a la radio en esténciles listos para su reproducción.

De aquellos tiempos de junturas y afectos se nos antoja recordar las horas de decisiones para viajar al Perú, pues el general Velazco Alvarado se ofrecía como conductor de un mejor desarrollo político, pero, sobre todo, porque había mucha gente en Lima que deseábamos conocer: Algunos de ellos abiertos a la experiencia de Velazco. En todo caso, leviatánicos de un mismo hacer, de quienes páginas sueltas, manifiestos o libros habíamos aprehendido por azar voluntario, o por nostalgia de Vallejo, en la busca de este continente y sus creadores. Pues bien, Salvador y Ramón Palomares dieron por participar en la disposición de echar riendas hacia Lima. De aquel viaje: mejores amigos, locuras de muerte y poesía, mucho pizco y el mediano desencanto con el acontecer político. También el disfrute de la aventura compartida.

Paso al tiempo. En algún lugar del trayecto olvidamos asuntos de la violencia, de las deserciones, de la poética del desencanto. La memoria responde a saltos y debo ordenarla para llegar a puerto. ¿De cómo nos alejamos? ¿De cómo el viejo Salva se nos fue perdiendo entre una y otra hojarasca? digo de Zonia y de mis dos primeros hijos. Al cómo, la respuesta no tiene pie, como de seguro que tiene por qué. (Los investigadores o bien los averiguadores de intersticios encontrarán., entre una y otra entrevista, en recuerdos de muchos, en terceras versiones de los más, material para rehacer cosas e hilvanar locuras, pretensiones y ejercicio de vida).

Volvamos a esto, nuestro asunto: Se nos arruinó la vida. En medio de mi afición por el deporte de la natación pues mi hija María Julieta dio por ofrecer condiciones para batir record nacional, y no más, en medio de mi extremismo político, mi fidelista pasión que diera lugar a la revista Rocinante, y los veneros que asumieron los compañeros de Sardio y de El Techo de la Ballena, si gozosos en su paso, puestos en entredicho por los del Rocín, se volvió mierda la existencia: Sardio enterrada en la extremadura del corazón, El Techo de la Ballena convertido en sumidero, la adarga de Rocinante descalabrada por la ausencia de caballeros augustos. ¡Sardio, piedra del Apocalipsis! Años después, en el alma devota., la amargura del cuerpo del Ché puesto sobre unas tablas en algún lugar de Bolivia que me doy por no acordar. Nos queda la nostalgia.

Del tiempo, nos queda el río y su rumor, nos quedan las viñas de ira, uno que otro delirio del capitán Ahab, el arpón destartalado, la ballena sin grifo, las sacudidas de Bekect, Artaud mordiendo cada una de nuestras extremidades por no decir la médula del corazón.

Bienvenido el punto y aparte: nos quedan los vaivenes del amor, sus despechos, la desmelenada hojarasca, el afecto afectísimo, el reconocimiento, en esta oportunidad, con el sentimiento estremecido, por lo que me toca, a Salvador, al viejo Salva, a Salvador Garmendia, a su obra y destino inacabables, perduración de la escritura de este siglo.


Edmundo Aray, escritor, cineasta, ensayista

(Tomado de: Voltairenet.org. Red de Prensa No Alineados

http://www.voltairenet.org/article121120.html)

Salvador Garmendia (1928-2000)

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Juan Gustavo Cobo Borda

He puesto sobre la mesa los 25 libros suyos que tengo y repasando carátulas, dedicatorias y subrayados he visto emerger, como en sus relatos, la entrañable figura de mujick de manos pequeñas y poblada barba, que despliega una envolvente, inagotable escritura, para hechizarnos con su magia material. No sólo la de una ciudad, Caracas, que parece agrietarse bajo su incisiva mirada sino una variopinta humanidad de seres anómalos y animales próximos que levitan, fornican, se expanden o se desmoronan bajo una ceñida prosa de relojero poético. Siempre precisa, siempre a ras de tierra, capaz de captar todas las inflexiones del habla popular, pero también siempre dispuesta a volar y a desnudar el reverso de las cosas. No era sólo la asepsia del nouveau roman, como se dijo en sus comienzos. Era la impura mezcla de exudaciones, asperezas, tics y esmog, delirios y fantasmagorías, propia de nuestras ciudades latinoamericanas.
El título de su primera novela:
Los pequeños seres (1959), fue una definición, pero su espacio más propio era el del cuento, la viñeta o el perfil que más que ceñirse queda abierto en su evasiva sugerencia de lector de Rimbaud y los románticos alemanes. Humor y erotismo tiñen esas existencias planas y un trasfondo campesino aún alienta en medio de la modernidad precaria (guerrilla y pobreza) de esa Venezuela saudita. Pero esa realidad rugosa e hiriente se nos vuelve vapor fantasmal en sus páginas maestras.
Así lo sigo viendo, en diciembre de 1970, en Cahimas, una tierra yerma sobrevolada de zamuros. El basurero que dejan las multinacionales petroleras luego de haber extraído el negro tuétano con sus implacables martillos gigantes que ahora golpean en vano el cielo. De la libérrima aventura surrealista de
El techo de la ballena, en los años sesenta, le queda un gusto iconoclasta por mirar lo que no se debe, y su prosa obsesiva tiene algo del gusto del voyeur. Un homenaje a la necrofilia (1962) fue el más sonado escándalo del grupo, donde poetas, pintores y otros narradores como Adriano González León descubrían cómo, bajo el asfalto, late el infierno de la represión o del desquiciamiento psicológico. Pero Garmendia volvió a las fuentes clásicas de Salgari, Conrad y Melville para rehacer su mundo de esmirriadas prostitutas y recamadas estrellas de radionovela. Un espléndido mal gusto de ciudades vertiginosas, con música de Daniel Santos al fondo, por donde avanza el magma en constante expansión que no podía ajustarse nunca a las convencionales restricciones de novela y cuento. Los cuentos fundidos nos dan un relato inagotable, como en Las mil y una noches, reproduciéndose a sí mismos en una inagotable invención. Era un narrador nato. Al final de Los pies de barro (1973) escribía: “Las cosas que pasan en la vida de uno no tienen por qué tener un desenlace convincente como si tuviéramos que servirnos de ellas después para hacer un relato entretenido o sorprendente y dejar encantado a todo el mundo”.
Pero varios de sus libros de relatos como
Doble fondo (1965), Extraños, difuntos y volátiles (1970), El único lugar posible (1981), La casa del tiempo (1986) o La media espada de Amadís (1998) nos sorprenden aún con su, cómo no, estremecimiento nuevo. El de ser uno de los más fieles y recursivos narradores latinoamericanos. El de haber convertido el cuento en arma flexible y certera para alterar el mundo y depararnos satisfacciones insospechadas. Sigámosle oyendo, en sueños, pues Garmendia no ha terminado aún de contarnos su cuento.

Sus guiones cimematográficos incluyen La gata borracha en 1973, Fiebre en 1975 y Juan Topocho en 1977. Salvador Garmendia ganó una beca en 1971 para ir a España a escribir y decidió trabajar en Barcelona. En 1989 recibió el premio Literario Juan Rulfo de Radio Francia internacional y Centro Mexicano de París por su cuento Tan desnuda como una piedra.

Su muerte

Salvador Garmendia murió en Caracas en el 12 de mayo de 2001 a causa de una afección pulmonar. Garmendia, de 72 años, luchaba desde hace varios años contra un cáncer de garganta, además de padecer diabetes, lo que agravó su salud en las últimas semanas. El deceso ocurrió en una clínica de Caracas.

Agosto de 2001.

http://www.letraslibres.com/index.php?art=6937

Adiós a un importante escritor venezolano


Alejandro Hinds

“Uno escribe porque necesita responder a un impulso de escribir, porque cree que está obligado a expresar determinada realidad, a indagar en la memoria… La actividad continua de un escritor es la escritura, y por eso encuentro injustificable la actitud del escritor que abandona su trabajo. Por eso hay quienes encuentran pesado el trabajo de escribir, el escritor es un ser aburrido, no hace una actividad que se vea inmediatamente. El escritor es un ser insociable, que busca el silencio y la soledad para hacer su trabajo”.

De esta forma describió Salvador Garmendia el oficio que desempeñó durante unos cincuenta años. Este notable escritor venezolano falleció este domingo 13 de mayo a consecuencia de un cáncer de garganta que lo aquejaba desde hace algún tiempo.

El mundo de las letras venezolanas vuelve a vestirse de luto por la muerte de una figura intelectual reconocida. Juan Liscano, Arturo Uslar Pietri, Caupolicán Ovalles, Pedro Beroes, Antonia Palacios y Jesús Rojas Marcano conforman la lista de ilustres venezolanos que han dejado de existir en los casi cinco meses que han transcurrido de este año 2001.

Ahora, Garmendia se une a esta lista. Durante cuatro años, este escritor luchó contra la diabetes, pero el cáncer de garganta fue mermando sus capacidades físicas (ya no podía ni leer ni escribir y pocas veces salía de su residencia) hasta causarle la muerte.

Aunque tan dolorosa como las anteriores, esta muerte no sólo es la desaparición física del escritor, sino la pérdida de un espacio literario para el venezolano común, pues si hubo un autor que se caracterizó por reflejar en sus obras la cotidianidad del venezolano, ese fue Salvador Garmendia.

Así lo confirma el periodista literario Ruben Wisotzski cuando escribe, en un artículo publicado en ocasión de su de la muerte del escritor, que “Todos, absolutamente todos, dejamos de respirar junto a Salvador Garmendia. (…) Eramos en él, con él, por él y gracias a él, los protagonistas de maravillosos cuentos”.

Obra reconocida

Nacido en Barquisimeto, estado Lara, Garmendia se destacó como uno de los novelistas y narradores venezolanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Su obra es espejo de la realidad venezolana y la alienación del hombre moderno.

Entre sus obras más destacadas destacan Los pequeños seres (1959), Los habitantes (1961); Día de ceniza (1964); Doble fondo (1965); La mala vida (1968); Los pies de barro (1972), Memorias de Altagracia (1974), El único lugar posible (1981), Hace mal tiempo afuera (1986) y El capitán Kid (1988).

El escritor Yeo Cruz afirma que una de las características de la literatura garmediana es “la expresión de criaturas atrapadas en la turbulencia del ambiente citadino, hombres y mujeres cuya tipología social de clase media, extracción rural y provinciana se manifiesta en cada título”.

Su notable capacidad de observar el ambiente en el que se desenvolvía y plasmarlo en sus cuentos y novelas, añadiéndole cierta dosis de ironía, le proporcionaron a Garmendia un estilo literario particular que le mereció el reconocimiento de la crítica, tal como lo demuestran el Premio Municipal de Prosa (Caracas, 1959) y el Premio Nacional de Literatura (1972).

Muchos de sus cuentos fueron traducidos al alemán, francés, húngaro, polaco y portugués; mientras que su novela Memorias de Altagracia fue editada en holandés e inglés. El Premio Juan Rulfo, que el Centro Mexicano en París le entregó en 1989, fue uno de los mayores reconocimientos que recibió Garmendia en el ámbito internacional.

Este escritor venezolano no sólo se dedicó a las novelas; sus habilidades literarias también las aprovechó para escribir guiones para cine, teatro, radio y televisión. Igualmente se desempeñó durante muchos años como periodista.

Invitación a reflexionar

Su acertada observación de la realidad venezolana no sólo la utilizó como materia prima de sus cuentos y novelas, labor en la cual se destacó notablemente; sino que además la aprovechó para invitar a los venezolanos a reflexionar sobre su destino.

Como pocos escritores, Garmendia entabló un diálogo con el país, logrando que el público se sintiera identificado con su obra, tal como lo señala Wisotzki: “sus palabras son las nuestras, sus ideas son las nuestras, sus historias son las nuestras, sus libros son los nuestros y la muerte, su muerte, la muerte de todos”.

Su compromiso con la realidad y la población venezolana no lo abandonó nunca y su preocupación por el porvenir de Venezuela la manifiesta hasta sus últimos días. Así lo demostró en una de la última entrevista que concedió cuando afirmó:

“El país se ha enredado mucho, ha perdido su simplicidad, su sencillez. Es un enredo retórico, es una confusión de términos gigantesca. El país perdió su modo de expresarse. No sé si antes era más claro pero al menos era más correcto. Se entendía lo que se decía. Ahora el país no sabe hablar”.

Alfredo Chacón asegura que Garmendia “fue un prodigio de la vida y de la literatura, en pocos casos se ha visto una relación tan directa, tan profunda y tan continua entre lo que eran las leyes de la vida y los impulsos de la vida de un ser”.

Lo cierto la literatura venezolana pierde a otro de sus grandes exponentes. Por circunstancias desconocidas, el destino se ha ensañando contra el mundo de las letras venezolanas en el 2001, llevándose a varios de sus más representativos escritores.

Diario El Impulso, Barquisimeto,  14/5/2001

El indagador de Venezuela

Victoria Romero

Fue uno de los escritores que pensó, describió y escribió a Venezuela; cuentos de terror, novelas y ensayos son parte de su repertorio. Cuando murió, el país sudamericano sintió que también había muerto una parte de él.
Tenía 15 años y era tuberculoso. Fue en esos años cuando le llegó la impresión de la tos de Hans Castorp y el sanatorio Beghof. Por ese entonces, la gente decía que quien leyera La montaña mágica de Thomas Mann podía volverse loco. Pero Salvador Garmendia no enloqueció porque era igual al tuberculoso de la novela. “Esa era mi situación; todo lo entendía: la tos de Hans, el sanatorio, fue tremendo. Además, daba la casualidad, que mi abuelo, Ezequiel Garmendia se murió en Suiza, tuberculoso; murió en ese sanatorio y lo enterraron ahí, en ese cementerio”. Hacía tres años que estaba en reposo y no podía ir a la escuela. Cuando quiso volver, se sentía demasiado grande para la primaria. Tampoco pudo ir a la universidad y tuvo que ser autodidacta. No quería serlo, pero ya era un hombre de 17 años y debía seguir. Había nacido en Barquisimeto en el estado de Lara, y había tenido siete hermanos y un padre que se fue temprano y le dejó un hogar no constituido y unos años difíciles para poder sobrevivirlos. Decidió irse a Caracas, donde durante más de diez años vivió en pensiones haciendo la vida de estudiante sin poder serlo. En una entrevista concedida antes de su muerte Garmendia recuerda esa situación: “Yo me emocionaba mucho al estar sentado en un pupitre, porque yo toda la vida he tenido nostalgia de un pupitre, porque no los tuve y uno anhela mucho lo que no tiene. Yo siempre he visto los pupitres donde se sientan otras personas, y cuando me vi sentado en una fila de ellos, sentí una emoción, como si hubiera llegado otra vez a los 20 años y empezado a hacer una vida, como la hace todo el mundo, recibiendo clases. Esa vida de pensiones y de hoteles malucos la conocí mucho en Caracas, otras veces en Maracaibo”. También veía vampiros y no fue sólo su imaginación. En Quibor, Lara, se encontraron rastros arqueológicos de un dios murciélago adorado por los indígenas. Sus creencias asociaban a este animal como portador y acompañante del más allá. Este mundo, y el de las leyendas escuchadas en las voces de los abuelos, constituyen una atmósfera clave en la obra de Salvador. En ella habrá un hombre que una noche descubrirá que su esposa habla al revés mientras duerme. “A causa de mis frecuentes insomnios, descubrí una noche que Emilita, mi mujer, hablaba dormida. En un primer momento, al sentirla hablar como si se incorporara en medio de la atmósfera pálida del sueño, pensé sonriendo en un lisiado que se levanta de su silla de ruedas y comienza a caminar por primera vez en su vida”, relata el autor en su cuento Claves. Y también habrá otro, mientras se mira al espejo de un hotel, su amante le dice que en realidad no se acostó con nadie. “¿Quieres saber por qué? -preguntó la mujer.
Porque yo estoy muerta, catire. Mírame. Quiero que me recuerdes siempre. Ahora tengo que irme”(Fragmento del cuento Hotel La Estación). Escribió las novelas Los pequeños seres, Los habitantes, Día de ceniza, La mala vida, Los pies de barro y Memorias de Altagracia. En género fantástico creó los relatos Doble fondo, Difuntos, extraños y volátiles, Los escondites, El único lugar posible, El inquieto Anacobero y otros cuentos, El brujo hípico y otros relatos, Hace mal tiempo afuera y El capitán Kid.
En 1972, recibió el Premio Nacional de Literatura y en 1989 obtuvo el Premio Juan Rulfo por el cuento Tan desnuda como una piedra. Fue columnista del semanario humorístico El Sádico Ilustrado. En el diario El Nacional, escribió columnas referidas a la vida urbana. “Han comenzado ya a aparecer en Caracas. El oxígeno mismo del vagón las va configurando. Son las ‘caras de metro’, de las que hablé una vez, cuando el bebé de los metropolitanos del mundo, volaba en la inocencia. No sé decir si fue Julio Cortázar quien introdujo primero ‘caras de metro’ en la literatura; a modo de especies repentistas del mundo subterráneo…”, escribía Garmendia en el diario El Nacional, el sábado 25 de julio de 1998. Escribía porque necesitaba responder a un impulso de escribir, porque creía que estaba obligado a expresar determinada realidad, a indagar en la memoria. Tenía la capacidad de observar el ambiente en el que se desenvolvía y plasmarlo luego en cuentos, novelas, crónicas, guiones para cine, teatro, radio y televisión. Muchos de sus cuentos fueron traducidos al alemán, francés, húngaro, polaco y portugués. Su novela Memorias de Altagracia fue editada en holandés e inglés. Sentía un compromiso especial con Venezuela y supo mantener un diálogo con su país. “El país se ha enredado mucho, ha perdido su simplicidad, su sencillez -decía en una de sus últimas entrevistas -. “Es un enredo retórico, es una confusión de términos gigantesca. El país perdió su modo de expresarse. No sé si antes era más claro pero al menos era más correcto. Se entendía lo que se decía. Ahora el país no sabe hablar”, sentenció. Pero el diálogo se interrumpió el 13 de mayo de 2001 por una severa diabetes, una ceguera completa y 24 meses de cáncer en la garganta. Y ahora Venezuela extraña sus retratos escritos, la ironía, la reflexión y los relatos de terror. Ese día, muchos lectores sintieron que también ellos habían muerto.

romeromvictoria@yahoo.com.ar      07|11|2006

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